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jueves, 21 de septiembre de 2017

Crítica de 'Detroit', o cómo es ser negro en América

Kathryn Bigelow se ha empeñado en convertir sus películas bélicas o, al menos violentas, en una experiencia fílmica que convulsiona al espectador y en especial al ciudadano americano. A su 'En tierra hostil' (2008) y 'La noche más oscura' (2012) Bigelow incorpora 'Detroit', donde estremece al espectador con un relato enérgico a la vez que brutal y asquerosamente contemporáneo. Bigelow, que centra su cámara en los disturbios de 1967 en la ciudad de Detroit, narra la superioridad del hombre blanco sobre el afroamericano. Una historia que se repite en EEUU como un triste fenómeno cíclico en el que ahonda el racismo y la violencia racial.
  

De la mano de Mark Boal, guionista de sus dos últimas películas, Bigelow reconstruye los hechos a partir de los testimonios, ya que el caso sigue turbio y con todo por aclararse después del juicio. Y es que en julio de 1967 la ciudad de Detroit sufrió varios días de saqueos y disturbios raciales a raíz de una redada policial en un bar nocturno sin licencia. Los disturbios de Detroit son uno de los conflictos raciales más estremecedores y violentos de EEUU.

Dividida en tres actos, 'Detroit' comienza contando la situación de inferioridad y presión social en la que se ve inmersa la comunidad afroamericana de todo el país, y en concreto en la ciudad de Detroit. Todo ello relatado en una presentación animada que contrasta con la crudeza que se inicia cuando Bigelow toma la cámara y la baja a las calles atemorizadas de Detroit. Sin concesión alguna, se muestra la dureza de la actuación policial y la represión de los civiles negros. Con algunos personajes muy marcados, inmersos en una superioridad moral determinada por el color blanco de su piel y la placa policial de su pecho. Ejemplo de ello es el personaje interpretado por Will Poulter ('El corredor del laberinto', 2014, o 'El renacido', 2015), que encarna el mal y el exceso policial, en confrontación con la inocencia y la incapacidad de cambiar las cosas que se representa en los personajes afroamericanos.


Pero si por algo destaca el film de Bigelow, es por ser capaz de centrar toda la obra en un segundo acto que ilustra lo que pasó en un motel de la ciudad. Es ahí donde se muestra el talento de la primera directora en ganar un Oscar a Mejor dirección, y donde incomoda y revuelve el estomago del espectador hasta el punto de infantilizar las escenas de 'Saw' (2004), sin mostrar sadismo, solamente retratando el racismo. Una dureza que se agudiza porque forma parte de la sociedad americana, que se retransmitió en pleno S.XX y que se repite ahora y mañana. Y entre tanta violencia policial y el ejercito tomando las calles, Bigelow cae en trucos propios de otro director como Iñarritu, de escasez ética y moral, donde los niños son víctimas inocentes. Y esa faceta, desconocida en Bigelow, desaparece con un monólogo entre dos huéspedes del hostal que explican con sencillez y violenta brutalidad cómo es ser negro en América.


Tras tanta tensión, Bigelow cierra 'Detroit' con un tercer acto convencional, en el que se pierde su esencia como directora, pero a la vez necesario para rendir homenaje a los supervivientes. Un juicio en el que vuelven a coincidir un excelente elenco de personajes magníficamente interpretados: John Boyega ('Star Wars: Episodio VII', 2015), Will Poulter, Algee Smith o Anthony Mackie ('En tierra hostil', 2008, 'Capitán América: El soldado de invierno', 2014), entre otros. 'Detroit' ahonda en las heridas que habitan en EEUU. Una vez más, Bigelow denuncia los entresijos y la historia de su país con brillantez y una brutalidad limpia de morbo y sensacionalismo.

Lo mejor: que Kathryn Bigelow demuestra, una vez más, que graba como pocos las escenas de acción.
Lo peor: un final que afloja con la película pero que es necesario

Nota: 8'5

Trailer:


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