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lunes, 28 de noviembre de 2016

'Caída en picado', el viaje a los infiernos de la sociedad

Mentiría si dijese que no temía el traspaso de 'Black Mirror' de Channel 4 al monopolio que está construyendo Netflix. Sentí el pavor de que se desplomase una serie de mediometrajes convertida ya en hito de la televisión (por su calidad, más allá de la popularidad o los números que muchas otras consiguen). Capaz de retratar de una manera terrorífica a la vez que creíble la aplicación de las nuevas tecnologías a la condición humana. Por eso he tardado tanto en ver el primer capítulo de esta segunda etapa de la serie; sin embargo, las críticas favorables me convencieron para que comenzara la aventura.


El universo 'Black Mirror' de historias independientes, en la que cada capítulo era una galaxia entera, tenía en común la brillantez con la que se reflejaba en esa mezcla de ciencia ficción e hiperrealismo, como si de un espejo que muestra cosas feas pero verídicas se tratase (no el espejo roto de la introducción que distorsiona la realidad), varios temas universales: el afán de adaptación y aceptación en el medio, que muchas veces conduce a las personas a cometer actos estúpidos y malvados como en '15 millones de créditos' o la terrorífica 'El oso blanco', que también trata la venganza y la ira; los celos y la ambición de 'Tu historia completa' o las persecuciones injustas por motivos políticos, económicos o ¿artísticos? en 'El momento Waldo' y la primerísima 'El himno nacional'. Parece que los nuevos capítulos van a seguir teniendo esto en común. Charlie Brooker, el creador de la serie, director y guionista de buena parte de los capítulos, se ha convertido en el Shakespeare del futuro aplicado al cine.


'Caída en picado' ('Nosedive' en el original) es una parábola sobre la excesiva importancia que se le da a la opinión pública, la adicción a las redes sociales y el clasismo que se deriva de ambas. Lacie (Bryce Dallas Howard) es una joven oficinista que vive con su hermano, pero se les acaba el alquiler y la joven se ha fijado en un apartamento de una elitista urbanización, para conseguirlo tendrá que mejorar su imagen pública, que se mide con una nota de 1 a 5 estrellas y que aumenta o disminuye a partir de las notas que te dan las personas con las que te cruzas día a día.

En su odisea por naufrgar en Ítaca, osea, un paraíso artificial de falsas apariencias, de sonrisas forzadas y vivencias vacías, Lacie experimentará una profunda catarsis en la que se tendrá que dar cuenta de lo estúpido de sus acciones para ascender en la escala social: jugar con sus propios sentimientos al tratar de restablecer una amistad marchita con una mujer que la empleaba como sombra, perder los nervios, dejar de ser ella misma, convertirse en algo grotesco y caricaturesco...


Ella deja de ser ella, él deja de ser él y todos pasan, una vez más en 'Black mirror', a ser corderitos de un rebaño de Dollies. Y aquel que no esté obsesionado por subir constantemente fotos a la nube, por obtener notas altas de la gente importante, por ser un arribista, pasa a ser poco menos que un sociópata. Esto se ve en el personaje de la vieja camionera, o en menor medida en el hermano de Lacie (James Norton). El hombre ajeno a lo material, poco interesado en agradar a cualquiera, el 'radical libre' (que diría Manuel Vicent), aquel que “adonde quiera que vaya, nunca tiene cobertura y por tanto permanece incontaminado, a salvo de cualquier basura mediática.” Ese se convierte en el raro, en el marginado.

Y nosotros también dejamos de ser nosotros. A pesar de que esta hipérbole nos repugna, también nos asusta porque no es difícil imaginarse que nos dirigimos hacia un mundo así, donde la mayoría son esclavos de una sociedad juiciosa y cruel. Y es que, hay quien más, hay quien menos, las redes sociales han empujado a que los jóvenes (y no tan jóvenes) se sientan obsesionados por los likes, retweets y demás memeces. Del '¿qué dirán?' de las aldeas, hemos pasado al '¿les gustaré?', la sociedad absorbe al individuo, lo destrona y despoja de su cetro de sensatez. La culpa es de todos.


Esta vez Charlie Brooker codirige la película junto a Joe Bright  ('Orgullo y prejuicio [2005], 'Expiación, más allá de la pasión' [2007]) que consigue transformar esa estética romántica de las novelas de Jane Austen, idílica, ordenada, geométrica con colores pastel empalagosos que impregnan toda la pantalla, en una sensación de intranquilidad, de zozobra por el exceso de plástico, de mentira y vacío que transmite el argumento. Esencial es también el trabajo del gran director de fotografía Seamus McGarvey que aporta esos filtros de Instagram tan acordes con la hipocresía y el retoque moral que muestra el guion.

¿Hacia dónde vamos? ¿Hacia trabajos improductivos y estúpidos? ¿Hacia un clasismo exacerbado? ¿Hacia el culto ciego por la imagen? ¿Hacia la vida sin vida envuelta en rosa pálido, amarillo canario, azul pitufo y maquillaje anaranjado? ¿Hacia la desconoxión con la naturaleza y con uno mismo? ¿Hacia el adiós de la diversión más pueril y pura? No sé. Charlie Brooker y su equipo nos alumbraran en el siguiente capítulo de 'Black Mirror'.


Lo mejor: La ambientación y la fotografía, que dotan a la historia de una atmósfera de inquietud.
Lo peor: El desarrollo superficial del personaje de la camionera, que prometía ser el contrapunto de la historia.

Valoración: 8/10

Tráiler



Sinopsis

Lacie (Bryce Dallas Howard) trabaja en una oficina y vive en un mundo lleno de felicidad, sonrisas y obsesión por la imagen pública. Su amiga Naomi (Alicia Eve) está muy bien posicionada en la élite social, y Lacie está desesperada por unirse a ella.


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