Los fans de Stanley Kubrick están de enhorabuena; y es que, una de las películas más conocidas del director (y para muchos críticos, la mejor de la historia) va a volver a la gran pantalla. No obstante, la diferencia es que esta vez se proyectará en la gran pantalla una versión restaurada del film en 4k, por lo que podremos disfrutarla con todo lujo de detalles.
Para quien no la conozca, trata la historia de la humanidad desde el pasado hasta el presente, pero, incluso del futuro. Antes de la aparición del homo sapiens, unos primates descubren un monolito que los conduce a una inteligencia superior; millones de años después, un monolito enterrado en la luna, despierta el interés de unos científicos. Finalmente, la nave HAL 9000, una máquina con inteligencia artificial se encarga se encarga de controlar todos los sistemas de la nave. La película se reestrenará el 1 de junio de este mismo año.
En cierto momento 'El sacrificio de un ciervo sagrado' se menciona de pasada el mito de Ifgenia, hija del rey Agamenón sacrificada a la diosa Artemisa por cazar sin permiso uno de sus venados sagrados. El mito, llevado a la literatura por Eurípides entre otros, posee diversas variantes.
A FAVOR
El director griego Yorgos Lanthimos echa mano de la mitología griega para contarnos una historia que confronta el mundo médico con el determinismo. 'El Sacrificio de un ciervo sagrado', narra un relato con la estructura típica de la tragedia del teatro griego pero con una cierta influencia de algunos de los directores que más han aportado al cine, es inevitable no acordarnos de 'Funny Games'(Michael Haneke. 1998),cuando vemos esa grotesca escena del final, así como encontrar influencias del surrealismo de Luis Buñuel o de Darren Aronofsky.
Sin duda estamos ante una película metafórica y de la que podemos sacar varios niveles para analizar. La parte más gruesa de la película es una crítica de como los medicos paulatinamente se van transformando en seres insensibles, donde la muerte ya se ha convertido en algo inherente para ellos, muy relacionado con esto, podemos ver un paralelismo entre el avance tecnológico y la reconversión del ser humano en un ser casi autómata. El director griego utiliza la película como fonendoscopio para escuchar los ruidos de una sociedad egoista y degradada. Como hemos comentado anteriormente, Lanthimos nos hace reflexionar sobre el determinismo y hasta que punto los actos del pasado marcan nuestro destino.
Como ocurrió en su anterior película 'Langosta' (2015), nos encontramos con una primera parte, que en este caso será más lenta y repetitiva y una segunda parte donde veremos el climax, la caida del protagonista y donde aparecerá la enseñanza moral. Hasta mitad de la cinta podemos encontrarnos desorientados, haciendo un enorme esfuerzo por encajar las pocas piezas que nos han ido dejando los protagonistas. Pero a medida que nos acercamos a ese trágico final, todas nuestras dudas empiezan a despejarse y empezaremos a entender todo lo sucedido.
'El sacrificio de un ciervo sagrado' también demuestra ser un ejercicio metafórico en el apartado técnico. El director utiliza el angular para distorsionar la realidad y degradar todavía más, si cabe, a sus protagonistas, mediante el uso del zoom y acompañado de una música extridente nos provoca, nos hace sentir la tensión y el vacio emocional de Steven (Collin Farren), la película utiliza un ritmo lento pero que crea un malestar que será constante en el espectador, planos generales sin apenas elementos, poco dialogo y con tono monótono, acciones y escenas demasiado mecánicas así como largos y lentos travellings que pondrán a prueba nuestra paciencia. Todos estos elementos desencadenarán en nuestro interior una enorme fatiga, similar a la que podria experimentar nuestro protagonista. El último acto de la película se comporta como salida de emergencia de toda esta irá y frustración, donde presentaremos uno de los actos más trágicos visto en el cine durante la última década.
En cuanto a las actuaciones, es posiblemente uno de los puntos más fuertes, Yorgos Lanthimos vuelve a repetir con Collin Farren y lo cierto es que, aunque no lo hace nada mal, todas las miradas se centran en Nicole Kidman y Barry Keoghan. Nicole Kidman esconde la marca más misteriosa de la película, un personaje autómata, casí mecánico, incluso parece estar sosegada y tranquila, capaz de ser sodomizada por el dios más enfermo de todos; Martin (Barry Keoghan), sin duda el actor que más destaca en la cinta, con una de las escenas más provocativas (el momento en el que come los spaghettis) que nos recordará a la escatológica 'Gummo' (1997). Barry hace una de las interpretaciones del año, un personaje completamente trastornado que nos producirá escalofrios y que no tiene nada que envidiar a los violentos jovenes de 'Funny Games' (1997). Por un lado Martin busca venganza pero también es un ser con fragilidades preocupado por encontrar una figura paterna que sepa guiarlo, en este caso ese referente que busca es Steven.
Steven (Collin Farren) se ve envuelto en una especie de maldición divina con un final inevitable. A medida que nos acercamos al último acto, las actuaciones cogen más y más fuerza acorde a esa tensión in crescendo que se crea en el espectador. En este final de la película es cuando más destaca la presencia de Collin Farren que tiene que tomar por fín una decisión y conseguir el momento de mayor angustia del metraje.
'El sacrificio de un ciervo sagrado' peca de ser pretenciosa, así como Yorgos Lanthimos de recrearse y gustarse en su propio cine. Por lo que no es una película para todos los gustos, de hecho solo los más afines al director podrán saborearla como realmente se merece. Con un guión que en manos de otro director haría aguas y sería inverosimil, Yorgos Lanthimos consigue hacernos creer en esos mitos que solo creían los niños de la antigua Grecia y cuestionarnos si realmente existe una persona que nos pueda condenar con un maleficio basado en la Ley de Talión (Recibir el mimos nivel de castigo que crimen cometido) lo que vendría a ser un ojo por ojo, diente por diente. Un guion que nos narra una historia de suspense pero sin tener miedo a meter ingredientes sobrenaturales, el director sabe llevar el compas de esta mezcla creando una género unitario y hace creer al espectador que todo lo que verá desde el inicio es real.
El guión enfrenta la idea del racionalismo contra la fe o lo irracional. Tanto el espectador como los personajes van a sufrir un cambio a lo largo de la película. Vamos a ver como los personajes pasan de ser seres racionales, que emplean la lógica a empezar a creer en la divinidad en lo sobrenatural, en seres que experimentan lo que no tiene una base lógica. El espectador también sufrirá este cambio de concepción, aunque al principio puede no creer en estos castigos divinos al final acepta sin dudar lo que ve a través de la pantalla, acepta que lo que ocurre es real.
Posiblemente es por esto por lo que 'El sacrificio de un ciervo sagrado' haya ganado el Premio a Mejor Guión en el Festival de Cannes. Por esa idea de contraponer dos ideas contrarias y hacer cambiar de idea al espectador en mitad de la cinta. 'Sacrificio de un ciervo sagrado' es una de esas películas que son necesarias, una película independiente arriesgada, que pretende hacer cambiar de opinión y que rompe los esquemas establecidos por el cine más comercial.
Creo que uno de los mejores resumenes de la película es la escena en la que Martin muerde el brazo de Steven y cuando este se libera, Martin se muerde su propio brazo y dice con los dientes ensangrentados: "Es una metáfora"
Lo mejor: Una película con intención, valiente y que reta al espectador. Lo peor: Sacrificar tu dinero en una película que te angustiará hasta decir ¡Basta!
Dos planos, no más. Eso es todo lo que necesita Yorgos Lanthimos para dejar clara sus intenciones en 'El sacrificio de un ciervo sagrado', su último largometraje, inexplicable ganador en la última edición de Cannes del premio a Mejor Guión (mezclar a Pedro Almodóvar y Will Smith en un jurado no podía dar buenos frutos).
La cámara se despega poco a poco de un corazón batiente, en ángulo cenital. A este impactante primer plano, lo sucede otro de un travelling que sigue una conversación en plano general de Steven (Collin Farrell) y Mattew (Bill Camp), cardiólogo y anestesista respectivamente, por los blancos pasillos del hospital sobre relojes. Por tanto, el espectador es ya consciente de la asepsia con la que va a ser tratado el tema, el distanciamiento de los personajes y sus sentimientos, y que el tiempo va a ser un factor importante en la resolución de una trama que va a presumir además de profundidad, ya que uno de los atributos destacados de los relojes de los médicos es su capacidad de funcionar bajo grandes masas de agua.
Lástima que las intenciones del realizador griego se queden en eso, en intenciones. Y que la profundidad argumental necesite ser explicada recurriendo a mitos extratextuales y a la fantasía más banal. A nivel argumental la película es más bien superficial, admite varias lecturas (el vacío que dejan los hijos que abandonan el hogar, la razón y la ciencia contra la voluntad de los dioses o simplemente, y me temo que esta última concuerda con la pretensión del autor, el clásico Hollywoodiense quien la hace la paga) y ni siquiera el tiempo es determinante (aunque si se puede dividir la trama en tres actos, sean llamados como se quiera) para una película que ha sido comparada con la tragedia griega por numerosos críticos y espectadores.
"Mediante el aparataje estructural y narrativo de una tragedia griega (puesto que de Atenas es el director)" escribe Luis Martínez en ElMundo, que sería algo así como decir que en la composición de las melodías del grupo deindie rock Phoenix se advierten ritmos y estructuras propias de Mozart porque uno de sus discos se llama Wolfang Amadeus Phoenix. De todos modos, para no ser injustificadamente cruel, sí existen indicios que llevan a pensar que Lanthimos, como ya hiciese en su última película 'Langosta' (2015)parta de elementos de la tragedia y la mitología de su país.
En primera instancia, el alejamiento de la cámara aplicado a los personajes pretende mantener las distancias que el espectador tenía con los reyes y héroes del teatro clásico, por 'El sacrificio de un ciervo sagrado' circulan personajes vulgares, médicos y niños con los que podríamos identificarnos, pero el gran angular y las conversaciones impostadas lo impiden. Sin embargo, al ir dicho distanciamiento acompañado a su vez de una interpretación fría, mecánica al estilo de los actores de Bresson, más cercanos a leer el texto que a la actuación, se hace muy difícil remarcar la hamartía (el error cometido por Steven). La culpa de la cual divaga por el texto como si su relevancia fuese nimia hasta que, finalmente, el espectador es conocedor de las verdaderas causas de la muerte del padre de Martin (Barry Keoghan). Y si en la tragedia griega era la hamartía la encargada de marcar el destino funesto, si el héroe trágico gritaba sus faltas para poder establecer un pathos trágico, un sentimiento de afecto del espectador hacia este, en este caso, la inacción de Steven, su pusilanimidad dejan inoperativo este pathos y el destino resulta casi intrascendente. Desde otra óptica, podría entenderse que Lanthimos ha buscado sutilizar el tono trágico, prescindiendo del machacón corifeo y de un héroe histriónico. A fin de cuentas, la segunda escena de la película ya nos enseña a un Steven reunido con Martin , antes incluso de que sepamos el vínculo que los une y de que conozcamos a la familia del médico, lo cual puede entenderse como su particular (y muy humana) forma de entonar el mea culpa. Además, el realizador griego introduce con fineza y coherencia el metabolé, lo que supondrá el detonante del conflicto: cuando Steven presenta a Martin a sus hijos, Bob (Sunny Suljic) lleva las mismas playeras que el adolescente, presagio de la dolencia que poco después padecerá el benjamín de los Murphy. Mientras que la conversación en la habitación de la primogénita Kim (Raffey Cassidy) propicia que Martin le pida a esta que le cante algo, esta se niega, pero no tenemos que esperar ni media docena de planos para escuchar a Kim poniendo en práctica sus dotes exclusivamente para Martin. Además está fumando, algo que Kim no había hecho antes, pero práctica ya habitual en Martin. No será tampoco casualidad que sea precisamente en clase de coro (otro paralelismo con la tragedia) donde a la joven le fallen las piernas. Asistimos por tanto al transbase de las características de la deidad de un personaje, Steven, a otro, Martin, que se consuma en el momento en el que Kim posa ante el joven de la misma forma que antes lo había hecho Anna frente a su marido en el momento del acto sexual, como se postran los fieles, pasivos, dominados, frente a los dioses. Hasta aquí, todo es, por lo menos, correcto. El problema es cuando la sutileza es dejada de lado para mostrar las actitudes violentas en primer plano, con el propósito ruin de crear el malestar en el espectador que no ha sabido formar mediante una atmósfera de tensión -lo mínimo que se le puede pedir a una película vendida como un thriller- debido a un difuso planteamiento del argumento. Es al ver los ojos sangrantes de Bob, cuando comprendemos que ni el personaje de Collin Farrel en 'Langosta' es Edipo aunque se arranque los ojos, ni Lanthimos es Sófocles por mucho que use el gran angular y ese frustrante y molesto zoom in/zoom outcomo particular forma de distanciarse. La penúltima secuencia, y aquí coincido con Cristian Fuster en que esta es grotesca en forma y contenido, esconde caprichos de niño pequeño, de ser aún incontinente. Una a una las luces de la razón de Steven (también las de Lanthimos) se van apagando conforme las lámparas del salón reciben los balazos de la escopeta. Algunos han visto en esto una referencia al cine de Haneke, pero el austríaco (sin entrar a valorar su cine) al menos era coherente en la aplicación de los comportamientos violentos fuera de campo. Lanthimos por su parte, en su afán de desagradar, muestra tras el tercer disparo el cuerpo sangrante de Bob (por segunda vez), en un muy innecesario plano medio. La letra no siempre entra con sangre. No hay catarsis. Y sin catarsis no hay tragedia. Hay una sucesión de imágenes simbólicas inconexas y una estridente banda sonora. Lanthimos ha hecho lo que parecía imposible: ha convertido la geometría en angustia. Lo mejor: Una castrada Nicole Kidman y una entusiasta Raffey Cassidy. Lo peor: La deshonestidad de Lanthimos a su propuesta. Valoración: 2/10
Abordamos hoy la que es considerada una obra maestra, una película de culto casi desde su estreno en 1971 y que fue controvertida y polémica como la que más. ‘La Naranja Mecánica’, del legendario Stanley Kubrick, supuso todo un golpe cinematográfico en su época.
La cinta fue una adaptación de la novela homónima de Anthony Burgess, aspecto que también generó su buena dosis de controversia. No sería ni la primera adaptación ni la última que realizaría el director a lo largo de su carrera, pues de hecho parecía que la conversión de novelas al formato cinematográfico era lo que más placer le producía.
En ‘La Naranja Mecánica’ asistimos a todo un espectáculo que bien puede considerarse desde distintos matices. Partiendo desde su pura sinopsis, que nos habla de un grupo de jóvenes ingleses amantes de la ultraviolencia, de los allanamientos de morada y las violaciones, unos psicópatas en potencia, la cinta se ganó en Reino Unido una censura que perduró a lo largo de los años. Hoy en día, al realizar un revisionado, estos aspectos no llaman para nada la atención del espectador, pues en el posmodernismo cinematográfico el nivel de explicitez de sus escenas de supuestamente alto contenido violento y sexual apenas genera un impacto mínimo en el espectador, por no decir nulo, estando ya acostumbrado a visionar escenas mucho más fuertes y desde perspectivas más cercanas. Aun así, es fácil hacerse a la idea de cómo estos aspectos sí pudieron producir un efecto mucho mayor en sus tiempos.
Más allá de este matiz, cabe decir que la obra ha resistido el paso de los años, pues si bien la estética futurista y extravagante de que goza chirría un poco, sobre sociedades futuras y alternativas a la nuestra nadie puede asegurar nada, por lo que sigue encajando bien, pero más allá de los aspectos puramente plásticos cabe destacar la profundidad psicológica del guión y de la trama, que sigue siendo el punto álgido del filme. La forma en que pretenden erradicar el mal en Alex, el protagonista, encarnado por Malcolm McDowell, para tratar de frenar sus pulsiones más violentas y antisociales, es lo más interesante y lo que más controversia produce dentro de la misma historia de la película.
Mediante un tratamiento puramente experimental, se trata de que el sujeto realice una asociación de conceptos en su mente, pero no solo de forma psicológica, sino también física. Lo que sucederá, si se alcanza el éxito, es que cuando el sujeto contemple una escena violencia o sexual su propio cuerpo se rebele ante dicha visión produciéndole un terrible malestar, asociado principalmente a la náusea. De este modo el sujeto será incapaz físicamente de ceder ante sus instintos más primarios para continuar realizando actos malvados.
El debate surge a raíz de la extrema falta de moralidad en esta especie de curación, pues para nada se ha conseguido erradicar los deseos del sujeto, ya que él seguirá ansiando carne y sangre, seguirá queriendo liberar su faceta más criminal, pero se verá privado de ello, por lo que en verdad lo único que consigue erradicarse es su libre albedrío. Aquí entrarían distintos puntos de vista, tanto sociales como religiosos, que verían en el proceso una total falta de moral, si bien ambos coinciden en este aspecto.
Es por ello que la cinta no ha envejecido nada en este aspecto, pues aborda un tema que, por su índole, es incapaz de ceder ante el paso del tiempo. Una película que fue rechazada por su contenido visual cuando en realidad su mayor baza radicaba en lo narrativo.
Si bien es imposible negar la calidad de la película, hay que admitir que el mayor error, uno fatal, radica en el final, y aquí inevitablemente tendremos que introducir algún spoiler importante. La conclusión de la película produjo un terrible malestar en el escritor de la novela, y no fue para menos, pues, además de alegar que, tal como estaba tratada y realizada, el espectador captaría una idea totalmente distinta a sus propósitos como autor, al cambiar el final, cortando todo un capítulo del libro, el efecto producido llega a ser desastroso.
En la película observamos cómo, estando en el hospital, Alex recibe la visita del político cuya candidatura está en juego, para defenderse tras el fracaso del experimento, pues tras una serie de desdichados infortunios el protagonista intenta suicidarse (principalmente a causa de los males que le causa la asociación que asimiló durante su proceso de curación). El político pretende, con éxito, convencerle de que el partido nada tiene que ver en dicho fracaso, pues no conocían ciertos aspectos del experimento, derivando toda la culpa en los científicos que lo llevaron a cabo. Y ahí termina la obra.
Yo, como espectador, pensaba que un buen final sería aquel en que el protagonista, de algún modo, lograra zafarse de los males de su curación y, ya que es lo que fervientemente desea, volviera a las andadas, a apalear, matar y violar, pues es su naturaleza y hubiera sido un final mucho más lógico, aquel en que recuperara su libre albedrío. Pues bien, así sucede en la novela. El terrible Alex vuelve a las andadas, y solo cuando por casualidad se topa en la calle con un antiguo miembro de su compañía de fechorías, uno que desde los inicios del filme no habíamos vuelto a ver, es cuando se detiene a pensar, pues ve que ha abandonado el mundo del crimen, ha contraído matrimonio y ahora es un ciudadano corriente que disfruta de una vida plena y feliz. Es entonces, y solo entonces, cuando decide cambiar y tratar de labrarse un futuro decente, acto que es fruto únicamente de su propia reflexión; es decir, llega a esta conclusión por sí mismo, no bajo ninguna imposición, sino a través de su libre pensamiento. Es, sin duda, el final perfecto para la obra.
El escritor llegó a renegar de su propio libro viendo, según él, la aberración que Kubrick realizó con su manuscrito. Y es una verdadera lástima que tal hecho empañe un conjunto casi perfecto. No sería, sin embargo, la única ocasión en que el director tuvo problemas con los escritores cuyas obras adaptaba, pues Stephen King, años después, tampoco estuvo nada de acuerdo con la adaptación que realizó de su inmortal ‘El Resplandor’(1980).
A pesar de todo, sí fue y sigue siendo una gran película, una más en el palmarés de obras maestras que dejó Kubrick tras de sí.
Lo mejor: el debate moral que radica en la psicología de la trama.
Gran Bretaña, en un futuro indeterminado. Alex (Malcolm McDowell) es un joven muy agresivo que tiene dos pasiones: la violencia desaforada y Beethoven. Es el jefe de la banda de los drugos, que dan rienda suelta a sus instintos más salvajes apaleando, violando y aterrorizando a la población. Cuando esa escalada de terror llega hasta el asesinato, Alex es detenido y, en prisión, se someterá voluntariamente a una innovadora experiencia de reeducación que pretende anular drásticamente cualquier atisbo de conducta antisocial.