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Mostrando entradas con la etiqueta Javier Haya. Mostrar todas las entradas
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viernes, 11 de mayo de 2018

Crítica de 'Lucky'. La fortuna de afrontar el final

A Harry Dean Staton lo conocí caminando por el desierto. Por Texas, sin rumbo fijo, representando una tormenta de arena llamada Travis. La película se llamaba 'París, Texas' (1984). John Carroll Lynch me ha dado la oportunidad de despedirme de él de la misma forma. 'Lucky' es un paseo postrero por la árida estepa de Arizona con uno de los grandes actores contemporáneos, un paseo de zigzags y dudas; porque Lucky ya no sigue esa absurda línea recta de los trenes, como la que seguía el incesante Travis en su infructuoso afán por olvidar, Lucky no huye, pasea entre miedos y rancheras.


Se nota que John Carroll Lynch, de 54 años, es primerizo en esto de la dirección. No encontraréis fallos, pero visualmente está limitada, no se explota la inmensidad del desierto, ni se muestran los azules cielos de Ford. Demasiado plano cerrado, demasiada importancia al diálogo, a los lugares techados... Cuando el desierto podría servir como preciosa alegoría de la enormidad de las cosas; cosas tan amplias como 'realismo' o 'verdad', cosas que nosotros, en nuestro inteligente intento por simplificar las cosas para no volvernos locos, dejamos olvidadas para tratar de ordenar nuestra existencia alrededor de unos cuantos crucigramas, unos  ejercicios de yoga y una cajetilla de cigarros diaria.

La película recae en un guión (también de dos primerizos como son Logan Sparks y Drago Sumonja) que intercala lo cotidiano con un deje del humor absurdo (o la angustia absurda visto desde otro prisma) propio de las películas de David Lynch, un Lynch que forma parte del reducido reparto de este trascendental, a la par que ligero, relato. Incluye además un recurso narrativo poco habitual y digno de mencionar: conversaciones de bastante calado a través de un teléfono de color naranja descatalogado con un interlocutor invisible y mudo.


Con claras similitudes narrativas con  'Paterson' (2016), principalmente en el relato repetitivo de la rutina del despertar, también en la de acabar el día en el bar platicando sobre temas tan diversos como el Allá tú o la aporía de Aquiles y la tortuga (perdón, la galápagos). La película, de ritmo y pulso similar, es menos geométrica que la de Jim Jarmusch, que al no introducir la muerte como uno de los pilares de la trama, le permite navegar en unos círculos concéntricos con menos irregularidades y con una mayor coherencia visual. También recuerda a la obra del director indie la conversación entre Lucky y el veterano de infantería, equiparable a la de Paterson y el japonés aficionado a la poesía de William Carlos Williams.

La ópera prima de Carroll Lynch  bebe además de 'París, Texas': el rojo como representación de la muerte, la escena de luces verdes y coloradas que tanto recuerda a la del peep show de la obra maestra de Win Wenders, el final abierto, el desierto, el paso del tiempo.


'Lucky' es una historia sencilla, simple en algunos puntos, pero de una sinceridad digna de agradecer.  Carroll Lynch ha prometido seguir contando historias con la cámara sobre la familia y el recuerdo. Esperemos que contínue en esa línea de llaneza y autenticidad. Aún hay muchos cactus ahí afuera.

Lo mejor: Harry Dean Staton, ¡qué la nada lo tenga en su Gloria!
Lo peor: La escasez de recursos visuales.

Valoración: 7/10

Javier Haya

Tráiler

Mejor que: La mayoría de lo que veremos en salas este año.
Peor que: 'Paterson'

lunes, 7 de mayo de 2018

Tráiler de 'Nos vemos allá arriba'. Picaresca en tiempos convulsos

Albert Dupontel, director entre otras de '9 meses...de condena' (2013) o 'Bernie' (1996), adapta 'Nos vemos allá arriba', una de las novelas más conocidas de uno de los más conocidos escritores de novela negra europeo: Pierre Lamaître. El escritor francés ha co-escrito, junto al propio Dupontel el guión de esta película que se comió buena parte del pastel de la última edición de los César (premios de la Academia francesa) con cinco galardones, entre los que se incluyen el de Mejor Director, Mejor Guión Adaptado y Mejor Fotografía.


Dupontel, que además de guionista y director es el actor protagonista, nos trae esta historia revestida de tintes impresionistas y románticos, tal y como el sugerente tráiler deja entrever, y ambientada en París justo al final de la Gran Guerra, no diré más. Por cierto, en esta ocasión el adelanto de la película solo proporciona unas pinceladas de cómo es la película estéticamente, ni al más mínimo destripe narrativo. ¡Así deberían ser todos los tráilers! La película se estrena el próximo 22 de junio.



Javier Haya

lunes, 16 de abril de 2018

'Brawl in cell block 99'. El descenso a otro infierno estadounidense


'Brawl in Cell Block 99’ es el segundo  descenso de S. Craig Zahler a los infiernos, tras una prometedora ‘Bone Tomahawk’ (2015), que incluía el elemento fantástico y el wéstern para contarnos una historia de terror repleta de sangre, opta en esta ocasión por un drama carcelario sin menor dosis de gore. Como ya sucediese con su anterior película, el paso de la obra de Craig Zahler por las salas españolas ha sido discretísimo: el Festival de Sitges, la muestra de Sy-Fy celebrada en marzo en Madrid y deje usted de contar. Al parecer, los distribuidores no se arriesgan con tan descarada historia de violencia contagiosa y nervio. Eso sí, desde el pasado día 4 de abril puede verse en el videoclub de Movistar+. Quizás en la pequeña pantalla se haga más digerible esta indigesta pesadilla.


Si en su ópera prima la apoteosis final se hacía de rogar bastantes más minutos que en la cinta actual, era porque Craig Zahler se había preocupado de configurar unos personajes que, si bien no tenían excesivo relieve, resultaban frescos e incluso entrañables. Además, el elemento fantástico/terrorífico era un producto original al que se le podía aplicar incluso concepciones antropológicas por mucho que esos seres pálidos y enfurecidos resultasen tremendamente desagradables.  Casi lo mejor de la nueva cinta, protagonizada por un Vince Vaughn serio, tan serio que coquetea con la la rigidez (se nota que su territorio es la comedia),  y una creíble Jessica Carpenter, es la primera media hora, algo histriónica, bastante manida por momentos, pero de una concreción muy diestra a la hora de desencadenar el conflicto y aunar los propósitos de unos personajes coherentes en su delirio; durante esta primera parte no sólo se consigue romper con las expectativas de forma asombrosa en un par de ocasiones, sino que los planos secuencias que persiguen esa cabeza rapada son bellos y correctos.


Sin embargo, ‘Brawl in Cell Block 99’ cae en demasiados lugares comunes y aplasta demasiados cráneos como para convertirse en un ejercicio inteligente de cine. Tiene diez o doce minutos verdaderamente angustiosos, cuando llega a la cárcel donde se encuentra la celda que da nombre a la cinta. Es entonces, al producirse la intromisión en el último círculo de ese averno dantesco desprovisto de toda finura, cuando se abre un agujero a la catarsis. Pero toda la sangre se va por el sumidero con la apoteosis final, excesiva en todos los aspectos.

Los villanos, demasiado "monofacéticos", y Vaughn demasiado plano y preocupado en dislocar codos como para mostrar el desengaño, ingrediente clave de esta trama de crueldad y ensañamiento, restan mucha fuerza a la historia. Hablo del desengaño con la patria, con la bandera americana, omnipresente (en la casa de los protagonistas, en las cárceles, en los sombríos edificios donde el personaje de Vaughn hace las funciones de camello) pero que no hace nada para despertar al héroe de su sangrienta pesadilla. 'Brawl in cell block 99' puede verse como la mirada más pesimista de 'Sólo ante el peligro' (1951). Si se decodifica en el sentido político, la intención de Craig Zahler no es otra que hacernos ver que 'la caza de brujas' ha vuelto, ya sea por la llegada de Trump al poder o por la inestabilidad nacional e internacional que no se disuelve lo más mínimo por muchos años que pasen, cierto es que las voces autorizadas de Hollywood parecen más reivindicativas que nunca en varias décadas, pero la libertad de expresión comienza a estar cada vez más limitada, ya sea por haches o por bes.


Aunque más allá de si nos enfrentemos a este 'drama' carcelario desde una perspectiva más o menos trascendental (también entra en juego el conformismo y las expectativas vitales en uno de los pocos, y muy acertado, cliché humorístico), tanto el director como el director de fotografía (Benji Bakshi, ya trabajó con Craig en 'Bone Tomahawk') se esfuerzan por crear un universo opresivo y onírico recargado de azules, que si en cierta manera consigue crear una sensación en el espectador que le hace navegar entre la realidad más cruda y lo ilusorio, también se termina ahogando en la repetición en la que cae la parte argumental. El resultado final es un mal sueño barroco en golpes y demasiado sobrio en profundidad psicológica (no era la intención, es obvio) y en originalidad.



Lo mejor:  La primera media hora.
Lo peor: El excesivo final.

Valoración: 3/10

Javier Haya

Tráiler


Mejor que: 'Un ciudadano ejemplar' (2009), si seguimos por la rama de pseudo-dramas carcelarios.
Peor que: 'Bone Tomahawk'.

martes, 3 de abril de 2018

Tráiler de 'Borg McEnroe', el Federer/Nadal del saque volea

En raras ocasiones a los aficionados al tenis se nos brinda la oportunidad de ver una película atractiva sobre este bello deporte. 2017 fue un buen año para los amantes de la raqueta, se estreno, con más expectación de la que a posteriori suscitó el partido, 'La batalla de los sexos', y se produjo 'Born McEnroe', llegando a ser estrenada en algunos países como Estados Unidos o Suecia, país de procedencia de la película.

El primer largometraje de ficción del danés Janus Metz Pedersen, director del documental bélico 'Armadillo' (2010), profundiza en la rivalidad y la psicología de los dos tenistas más célebres de los 70 y los 80: el sueco Björn Borg y el estadounidense John McEnroe. El primero por ser el más laureado de la historia en su momento, el segundo, además de por los éxitos en la pista, por su carácter temperamental y su polémica actitud. 

'Born McEnroe' promete convertirse en un biopic trepidante, de saque y volea, sobre dos personalidades opuestas: la impulsividad de un McEnroe interpretado por otro hombre polémico, Shia LaBeouf, y la frialdad escandinava de Borg (Sverrin Gudnason). Veremos que nos depara esta cinta que se estrena en España el próximo 11 de mayo.



Javier Haya

martes, 27 de marzo de 2018

Tráiler de 'Perturbada', la última provocación de Soderbergh

Rodada completamente con un iPod, recurso que se está asentando entre directores consolidados (véase Sean Baker), el director de 'Sexo, mentira y cintas de vídeo' (1989), presentó en la pasada Berlinale su última película, menos de un año después de que estrenase en nuestro país 'La suerte de los Logan' (2017), una comedia de acción con estética de blockbuster que pasó con más pena que gloria por la taquilla, a pesar de haber sido recibida entre vítores por la crítica.


'Perturbada' es un thriller psicológico protagonizado por una Claire Foy recluida en un manicomio que duda sobre su propia condición mental. La cinta, que ya ha sido estrenada en numerosos países como Estados Unidos, Alemania o Canadá, llegará a las salas españolas el 4 de mayo. Veremos si da que hablar de nuevo Soderbergh, un hombre que atesora éxitos y polémicas, entre los primeros se encuentra 'Traffic' (2000), con la que ganó el Oscar, la saga Ocean's (11,12 y 13) o la diada de largometrajes dedicados a la figura del Che Guevara, entre los segundos podemos nombrar 'Behind the candelabra' (2013), un drama protagonizado por Michael Douglas y Matt Damon que finalmente fue estrenado en televisión por HBO tras el pretexto de las grandes productoras de que se trataba de una cinta 'demasiado gay', literalmente.


Javier Haya

lunes, 5 de marzo de 2018

Tráiler de 'Las herederas'. Una guarania en Berlín

Fue la cinta más laureada en la pasada edición de la Berlinale, la número 68, con tres premios: el Oso de Plata del Premio Especial del Jurado, el Oso de Plata a Mejor Actriz para Ana Brun y el FIPRESCI (Premio Internacional de la Crítica). Hablamos de 'Las herederas' (2018), ópera prima del director paraguayo Marcelo Martinessi. 'Las herederas' es otra cinta sobre la búsqueda de la identidad sexual y personal, está vez enfocada en personajes de edad avanzada: dos mujeres que han vivido siempre de la herencia, hasta el momento presente, en el que se ven con el agua al cuello y deberán salir de su zona de confort para mantener la supervivencia. 


El tráiler anticipa una obra de ritmo reposado y ambientes oscuros, parejo a la obra de otros cineastas latinoamericanos de renombre como Pablo Larraín. De momento no hay fecha de estreno, esperemos que sea pronto.




 Javier Haya

viernes, 9 de febrero de 2018

'The Florida Project'. Sombras de lunas insolentes

En nombre del cine indie se están cometiendo verdaderos atropellos. John Cassavettes lo pasaría peor que en 'La semilla del diablo' (1968) si lo devolviésemos a la vida y le hiciésemos ver lo último de Sean Baker. El director de New Jersey alcanzó una fama considerable con 'Tangerines', su último largometraje, en el que emplea cámaras de iPhone para narrar la el desengaño de una prostituta. Ahora estrena en España 'The Florida Project', una película de bajo presupuesto (ya no mínimo), sobre la confrontación entre la inocencia y la desvergüenza, entre la opulencia cercana y la miseria presente.


En primer lugar, el desenfoque de ciertos planos, escenas completas en ocasiones, refleja una estética más cutre que desenfadada. Si la intención era que la forma se hiciese cargo del contenido, que la imagen borrosa tratase de mitigar o de mostrar la censura a esa puerilidad maleducada de los protagonistas (los niños y las no tan niñas), lamentablemente no convence. Casi prefiero pensar que se trataba de deslices del foquista (si es que había foquista). Como tampoco convence la chapucera fotografía, la cual en ocasiones presenta grano en escenas diurnas para luego mostrar con mayor nitidez imágenes nocturnas. No tiene poder de convicción porque estéticamente no presenta unanimidad, ni continuidad, ni coherencia.


A pesar de lo dicho, la colorimetría de la película está más trabajada. Tampoco se puede negar que algunas secuencias, como la de las niñas protegiéndose del diluvio bajo el árbol derruido, poseen un decoro que no casa con el resto de la cinta. Una cinta que trata de contar al espectador una realidad tristísima con un aire desahogado, casi dotado de cierta gracia. Pero la gracia se pierde en una estructura iterativa que termina por ser farragosa. La frescura de las colonias que Halley (Bria Vinaite) vende es absorbida por la peste de los estercoleros de Orlando.

Y es que la trama presenta las propiedades de un chicle Boomer, a los diez minutos pierde su sabor y su atractivo aspecto original, pero la cosa se alarga eternamente. Tan triste como la historia que se nos cuenta, una historia de injusticias y contrastes en la que una jovencísima madre soltera malcría a su hija de siete años mientras a escasos metros pudientes familias se divierten en esa fantasía llamada Disneyland, es que el potencial de la misma se vea ahogado entre los gritos de Halley, Moone, Scooty (Christopher Rivera) y compañía. La película se cicla en la tesis del determinismo ambiental, sin llegar a partir de ella para ahondar en la historia de sus protagonistas: en el momento en que se muestra a la recatada Jancey  (interpretada con mucho tino por Valeria Cotto, aunque en todo momento eclipsada por su colega Prince) sumándose a las travesuras de los otros dos muchachos, se hace innecesario otra hora de deambular y de travesuras. Tampoco es preciso mostrar cincuenta actitudes irresponsables y maleducadas de Halley. Esta narración lineal pero repetitiva es la que no permite a Baker atracar en puertos más productivos.


El ruido, sea entendido como sonidos desagradables o como redundancia, es excesivo hasta el punto de ser molesto. Aunque las peleas, los desagradables tacos y los berridos repetidos en bucle no llegan a empañar la estratosférica actuación de Brooklynn Prince (nombre hortera donde los haya, con doble ene incluida. Podría haberse llamado igual en la película, le vendría al pelo, pero entonces tendría que cambiar el título de mi crítica cuando por una vez estoy contento con él. Yo hasta el momento solo conocía un Brooklyn... y era un chico, el hijo de David y Victoria Beckam, ¡qué menudo pieza! Sus hermanos se llaman Romeo y Cruz, los de Beckam digo, para que os hagáis una idea. Aunque parece que con los dos enes se lo ponen a la nueva oleada de actrices norteamericanas, hay una tal Broklynn Proulx del 99 por ahí, salió en 'Brokeback Mountain' (2005) y todo, así que nombre hortera pero garante de talento precoz). Uff, ¡cúanto he desvariado en el paréntesis!, abriré nuevo párrafo para hablar de la actuación.


Considerando las comparaciones odiosas, considero la actuación de Brooklynn Kimberly (el segundo nombre también se las trae) Prince la mejor actuación de un menor de quince años por la riqueza de su registros, y por la exigencia de su papel. Prince simplemente da la impresión de ser incapaz de salir de su papel, de haber sido absorbido por  Moone. Moone concentra toda la insolencia, toda la mala educación y la descortesía de su madre, su único referente, la persona con la que comparte alcoba en ese castillo en ruinas; pero en las cosas más insignificantes, más inocentes, y en el momento más inesperado, se comporta como la más pura de las niñas: el miedo y el llanto espontáneo que brotan en su rostro hacia el final, el modo en el que comparte helado con Scottie y Jancey. De este modo contrasta las feas muecas que imita a la perfección de su madre (no sé cual de las das se adaptó a la otra, si Prince o Vianite), con la energía optimista y estrepitosa de los niños.


Luego está Willem Dafoe,  cuya interpretación como gerente del motel de marras se ha puesto por los azules cielos de Florida y le ha valido una nominación a los Oscar (se lo llevará Sam Rockwell). Dafoe está sensacional también (todo el reparto lo está, incluida la sorpresiva aparición de un verdadero referente del cine indieMacon Blair), pero es que él suele estarlo siempre, y Baker hace trampas para que el actor de 'Arde Mississippi' (le va el sudeste americano al de Wisconsin) se luzca más de lo necesario: de la misma forma que navega en círculos una película que solicita una progresión hacia delante, un giro de guión no tan próximo al final, añade episodios absolutamente aislados como el del presunto pederasta que nada tiene de necesario.

Si habéis llegado hasta aquí y habéis visto la película, por favor, opinad que os parece la última escena. Para mí es un resumen de toda la película: una buena decisión mal tratada y peor ejecutada. Peca de exceso de ímpetu y jovialidad lo nuevo del joven Sean Baker, aunque hay que reconocerle el atrevimiento a hacer una película de dos horas con niños como protagonistas, y a abordar crudos temas desde una perspectiva inocente.


Lo mejor: Brooklynn Prince... o mejor, Moone, que es un nombre precioso.
Lo peor: El exceso de ruido.

Valoración: 5/10

Tráiler

Mejor que: 'Los niños salvajes' (2012).
Peor que: 'Yuki y Nina' (2009), una magnífica película sobre la primera amistad.

domingo, 4 de febrero de 2018

Crítica doble de 'El sacrificio de un ciervo sagrado'.

En cierto momento 'El sacrificio de un ciervo sagrado' se menciona de pasada el mito de Ifgenia, hija del rey Agamenón sacrificada a la diosa Artemisa por cazar sin permiso uno de sus venados sagrados. El mito, llevado a la literatura por Eurípides entre otros, posee diversas variantes.


          A FAVOR 

El director griego  Yorgos Lanthimos echa mano de la mitología griega para contarnos una historia que confronta el mundo médico con el determinismo. 'El Sacrificio de un ciervo sagrado', narra un relato con la estructura típica de la tragedia del teatro griego pero con una cierta influencia de algunos de los directores que más han aportado al cine, es inevitable no acordarnos de 'Funny Games' (Michael Haneke. 1998), cuando vemos esa grotesca escena del final, así como encontrar influencias del surrealismo de Luis Buñuel o de Darren Aronofsky.

Sin duda estamos ante una película metafórica y de la que podemos sacar varios niveles para analizar. La parte más gruesa de la película es una crítica de como los medicos paulatinamente se van transformando en seres insensibles, donde la muerte ya se ha convertido en algo inherente para ellos, muy relacionado con esto, podemos ver un paralelismo entre el avance tecnológico y la reconversión del ser humano en un ser casi autómata.  El director griego utiliza la película como fonendoscopio para escuchar los ruidos de una sociedad egoista y degradada. Como hemos comentado anteriormente, Lanthimos nos hace reflexionar sobre el determinismo y hasta que punto los actos del pasado marcan nuestro destino.

Como ocurrió en su anterior película 'Langosta' (2015), nos encontramos con una primera parte, que en este caso será más lenta y repetitiva y una segunda parte donde veremos el climax, la caida del protagonista y donde aparecerá la enseñanza moral. Hasta mitad de la cinta podemos encontrarnos desorientados, haciendo un enorme esfuerzo por encajar las pocas piezas que nos han ido dejando los protagonistas. Pero a medida que nos acercamos a ese trágico final, todas nuestras dudas empiezan a despejarse y empezaremos a entender todo lo sucedido.

'El sacrificio de un ciervo sagrado' también demuestra ser un ejercicio metafórico en el apartado técnico.  El director utiliza el angular para distorsionar la realidad y degradar todavía más, si cabe, a sus protagonistas, mediante el uso del zoom y acompañado de una música extridente nos provoca, nos hace sentir la tensión y el vacio emocional de Steven (Collin Farren), la película utiliza un ritmo lento pero que crea un malestar que será constante en el espectador, planos generales sin apenas elementos, poco dialogo y con tono monótono, acciones y escenas demasiado mecánicas así como largos y lentos travellings que pondrán a prueba nuestra paciencia. Todos estos elementos desencadenarán en nuestro interior una enorme fatiga, similar a la que podria experimentar nuestro protagonista. El último acto de la película se comporta  como salida de emergencia de toda esta irá y frustración, donde presentaremos uno de los actos más trágicos visto en el cine durante la última década.

En cuanto a las actuaciones, es posiblemente uno de los puntos más fuertes, Yorgos Lanthimos vuelve a repetir con Collin Farren y lo cierto es que, aunque no lo hace nada mal, todas las miradas se centran en Nicole Kidman y Barry Keoghan.

Nicole Kidman esconde la marca más misteriosa de la película, un personaje autómata, casí mecánico, incluso parece estar sosegada y tranquila, capaz de ser sodomizada por el dios más enfermo de todos; Martin (Barry Keoghan), sin duda el actor que más destaca en la cinta, con una de las escenas más provocativas (el momento en el que come los spaghettis) que nos recordará a la escatológica 'Gummo' (1997). Barry hace una de las interpretaciones del año, un personaje completamente trastornado que nos producirá escalofrios y que no tiene nada que envidiar a los violentos jovenes de 'Funny Games' (1997). Por un lado Martin busca venganza pero también es un ser con fragilidades preocupado por encontrar una figura paterna que sepa guiarlo, en este caso ese referente que busca es Steven.

Steven (Collin Farren) se ve envuelto en una especie de maldición divina con un final inevitable. A medida que nos acercamos al último acto, las actuaciones cogen más y más fuerza acorde a esa tensión in crescendo que se crea en el espectador. En este final de la película es cuando más destaca la presencia de Collin Farren que tiene que tomar por fín una decisión y conseguir el momento de mayor angustia del metraje.

'El sacrificio de un ciervo sagrado' peca de ser pretenciosa, así como Yorgos Lanthimos de recrearse y gustarse en su propio cine. Por lo que no es una película para todos los gustos, de hecho solo los más afines al director podrán saborearla como realmente se merece. Con un guión que en manos de otro director haría aguas y sería inverosimil, Yorgos Lanthimos consigue hacernos creer en esos mitos que solo creían los niños de la antigua Grecia y cuestionarnos si realmente existe una persona que nos pueda condenar con un maleficio basado en la Ley de Talión (Recibir el mimos nivel de castigo que crimen cometido) lo que vendría a ser un ojo por ojo, diente por diente. Un guion que nos narra una historia de suspense pero sin tener miedo a meter ingredientes sobrenaturales, el director sabe llevar el compas de esta mezcla  creando una género unitario y hace creer al espectador que todo lo que verá desde el inicio es real.

El guión enfrenta la idea del racionalismo contra la fe o lo irracional. Tanto el espectador como los personajes van a sufrir un cambio a lo largo de la película. Vamos a ver como los personajes pasan de ser seres racionales, que emplean la lógica a empezar a creer en la divinidad en lo sobrenatural, en seres que experimentan lo que no tiene una base lógica. El espectador también sufrirá este cambio de concepción, aunque al principio puede no creer en estos castigos divinos al final acepta sin dudar lo que ve a través de la pantalla, acepta que lo que ocurre es real.

Posiblemente es por esto por lo que 'El sacrificio de un ciervo sagrado' haya ganado el Premio a Mejor Guión en el Festival de Cannes. Por esa idea de contraponer dos ideas contrarias y hacer cambiar de idea al espectador en mitad de la cinta. 'Sacrificio de un ciervo sagrado' es una de esas películas que son necesarias, una película independiente arriesgada, que pretende hacer cambiar de opinión y que rompe los esquemas establecidos por el cine más comercial.

Creo que uno de los mejores resumenes de la película es la escena en la que Martin muerde el brazo de Steven y cuando este se libera, Martin se muerde su propio brazo y dice con los dientes ensangrentados: "Es una metáfora"

Lo mejor: Una película con intención, valiente y que reta al espectador.

Lo peor: Sacrificar tu dinero en una película que te angustiará hasta decir ¡Basta!

Valoración: 7/10


Cristian Fuster





             EN CONTRA

Dos planos, no más. Eso es todo lo que necesita Yorgos Lanthimos para dejar clara sus intenciones en 'El sacrificio de un ciervo sagrado', su último largometraje, inexplicable ganador en la última edición de Cannes del premio a Mejor Guión (mezclar a Pedro Almodóvar y Will Smith en un jurado no podía dar buenos frutos).

La cámara se despega poco a poco de un corazón batiente, en ángulo cenital. A este impactante primer plano, lo sucede otro de un travelling que sigue una conversación en plano general de Steven (Collin Farrell) y Mattew (Bill Camp), cardiólogo y anestesista respectivamente, por los blancos pasillos del hospital sobre relojes. Por tanto, el espectador es ya consciente de la asepsia con la que va a ser tratado el tema, el distanciamiento de los personajes y sus sentimientos, y que el tiempo va a ser un factor importante en la resolución de una trama que va a presumir además de profundidad, ya que uno de los atributos destacados de los relojes de los médicos es su capacidad de funcionar bajo grandes masas de agua.

Lástima que las intenciones del realizador griego se queden en eso, en intenciones. Y que la profundidad argumental necesite ser explicada recurriendo a mitos extratextuales  y a la fantasía más banal. A nivel argumental la película es más bien superficial, admite varias lecturas (el vacío que dejan los hijos que abandonan el hogar, la razón y la ciencia contra la voluntad de los dioses o simplemente, y me temo que esta última concuerda con la pretensión del autor, el clásico Hollywoodiense quien la hace la paga) y ni siquiera el tiempo es determinante (aunque si se puede dividir la trama en tres actos, sean llamados como se quiera) para una película que ha sido comparada con la tragedia griega por numerosos críticos y espectadores.

"Mediante el aparataje estructural y narrativo de una tragedia griega (puesto que de Atenas es el director)" escribe Luis Martínez en ElMundo, que sería algo así como decir que en la composición de las melodías del grupo de indie rock Phoenix se advierten ritmos y estructuras propias de Mozart porque uno de sus discos se llama Wolfang Amadeus Phoenix. De todos modos, para no ser injustificadamente cruel, sí existen indicios que llevan a pensar que Lanthimos, como ya hiciese en su última película 'Langosta' (2015) parta de elementos de la tragedia y la mitología de su país. 

En primera instancia, el alejamiento de la cámara aplicado a los personajes pretende mantener las distancias que el espectador tenía con los reyes y héroes del teatro clásico, por 'El sacrificio de un ciervo sagrado' circulan personajes vulgares, médicos y niños con los que podríamos identificarnos, pero el gran angular y las conversaciones impostadas lo impiden. Sin embargo, al ir dicho distanciamiento acompañado a su vez de una interpretación fría, mecánica al estilo de los actores de  Bresson, más cercanos a leer el texto que a la actuación, se hace muy difícil remarcar la hamartía (el error cometido por Steven). La culpa de la cual divaga por el texto como si su relevancia fuese nimia hasta que, finalmente, el espectador es conocedor de las verdaderas causas de la muerte del padre  de Martin (Barry Keoghan). Y si en la tragedia griega era la hamartía la encargada de marcar el destino funesto, si el héroe trágico gritaba sus faltas para poder establecer un pathos trágico, un sentimiento de afecto del espectador hacia este, en este caso, la inacción de Steven, su pusilanimidad dejan inoperativo este pathos y el destino resulta casi intrascendente. 

Desde otra óptica, podría entenderse que Lanthimos ha buscado sutilizar el tono trágico, prescindiendo del machacón corifeo y de un héroe histriónico. A fin de cuentas, la segunda escena de la película ya nos enseña a un Steven reunido con Martin , antes incluso de que sepamos el vínculo que los une y de que conozcamos a la familia del médico, lo cual puede entenderse como su particular (y muy humana) forma de entonar el mea culpa. Además, el realizador griego introduce con fineza y coherencia el metabolé, lo que supondrá  el detonante del conflicto: cuando Steven presenta a Martin a sus hijos, Bob (Sunny Suljic) lleva las mismas playeras que el adolescente, presagio de la dolencia que poco después padecerá el benjamín de los Murphy. Mientras que la conversación en la habitación de la primogénita Kim (Raffey Cassidy)  propicia que Martin le pida a esta que le cante algo, esta se niega, pero no tenemos que esperar ni media docena de planos para escuchar a Kim poniendo en práctica sus dotes exclusivamente para Martin. Además está fumando, algo que Kim no había hecho antes, pero práctica ya habitual en Martin. No será tampoco casualidad que sea precisamente en clase de coro (otro paralelismo con la tragedia) donde a la joven le fallen las piernas.

Asistimos por tanto al transbase de las características de la deidad de un personaje, Steven, a otro, Martin, que se consuma en el momento en el que Kim posa ante el joven de la misma forma que antes lo había hecho Anna frente a su marido en el momento del acto sexual, como se postran los fieles, pasivos, dominados, frente a los dioses. Hasta aquí, todo es, por lo menos, correcto. El problema es cuando la sutileza es dejada de lado para mostrar las actitudes violentas en primer plano, con el propósito ruin de crear el malestar en el espectador que no ha sabido formar mediante una atmósfera de tensión -lo mínimo que se le puede pedir a una película vendida como un thriller- debido a un difuso planteamiento del argumento. Es al ver los ojos sangrantes de Bob, cuando comprendemos que ni el personaje de Collin Farrel en 'Langosta' es  Edipo aunque se arranque los ojos, ni Lanthimos es Sófocles por mucho que use el gran angular y ese frustrante y molesto zoom in/zoom out como particular forma de distanciarse.

La penúltima secuencia, y aquí coincido con Cristian Fuster en que esta es grotesca en forma y contenido, esconde caprichos de niño pequeño, de ser aún incontinente. Una  a una las luces de la razón de Steven (también las de Lanthimos) se van apagando conforme las lámparas del salón reciben los balazos de la escopeta. Algunos han visto en esto una referencia al cine de Haneke, pero el austríaco (sin entrar a valorar su cine) al menos era coherente en la aplicación de los comportamientos violentos fuera de campo. Lanthimos por su parte, en su afán de desagradar, muestra tras el tercer disparo el cuerpo sangrante de Bob (por segunda vez), en un muy innecesario plano medio. La letra no siempre entra con sangre.

No hay catarsis. Y sin catarsis no hay tragedia. Hay una sucesión de imágenes simbólicas inconexas y una estridente banda sonora. Lanthimos ha hecho lo que parecía imposible: ha convertido la geometría en angustia.

Lo mejor: Una castrada Nicole Kidman y una entusiasta Raffey Cassidy.

Lo peor: La deshonestidad de Lanthimos a su propuesta.

Valoración: 2/10


Javier Haya

lunes, 29 de enero de 2018

Por mucho menos que todo el dinero del mundo

Hace un par de semanas, USA Today publicaba una información que volvía a poner la última película de Ridley Scott en el ojo del huracán: Mark Whalberg había cobrado 1'5 millones de dólares frente a los 10.000 dólares de su protagonista, Michelle Williams, por el mismo trabajo realizado. Si en noviembre 'Todo el dinero del mundo' (2017) se convirtió en noticia (tiempo antes de su estreno) por causas ajenas al producto, ahora lo vuelve a hacer por la hipocresía de su director.

   Fotograma de 'Todo el dinero del mundo', Scott debe sentirse como Williams en  esta imagen tras el         destape de la última polémica

El debate sobre si Kevin Spacey debía o no debía ser eliminado del reparto una vez se dieron a conocer las distintas denuncias contra el artista de New Jersey por acoso sexual admite varias posturas. La mía distingue entre la labor como actor y el comportamiento humano. Spacey es uno de los mejores actores de su generación, y eso es inmutable, aunque en su vida privada se dedicase a devorar bebés. Su vida delictiva es responsabilidad del fiscal y del poder judicial. Aunque es compresnsible que se relegue al temible Keyser Socer al ostracismo profesional como consecuencia de estas acusaciones, cómo ya hiciesen en 'House of Cards', nadie quiere trabajar con un pervertido que abusa de su posición de poder. Menos comprensible resulta que se le expulse una vez ya se ha grabado la película (es un concepto casi propio del universo Black Mirror, imagínense que en unos años en lugar de ver a Kevin Spacey veamos un borrón gris y una voz distorsionada en 'American Beuty' (1999) o en 'L.A Confidential' (1997)), sobre todo por los costes que esto implica.

Sobre los costes de producción precisamente deriva la segunda polémica. La elección en un primer momento valiente de Ridley Scott ha acarreado, finalmente, más abucheos que aplausos. Tras la sustitución de Spacey por Christopher Plumber (a simple vista mejor opción desde un primer momento, ya que parte con la edad del personaje que le toca encarnar, y porque el canadiense, casi nonagenario, está viviendo su época más fructífera en la gran pantalla), el director anunció que ningún miembro del antiguo reparto cobraría por repetir las escenas. Afirmación desmentida por las informaciones del USA Today.

   Caracterización de Kevin Spacey en 'Todo el dinero del mundo', quizás el escándalo protagonizado           estos últimos meses le haga envejecer tan rápido

En esta ocasión, peor le va a sentar el remedio que la enfermedad a Ridley Scott. El caballero de la corte de Isabel II no se ha comportado como tal, es más, la etiqueta de mentiroso difícilmente se la va a quitar de encima, como la de acosador Kevin Spacey, que por cierto, está ya en rehabilitación tratando su adicción al sexo. Sin embargo, esto no será tampoco impedimento para ir a ver la película, ni para menospreciarla. Película que tiene una pinta muy atractiva, y casi todos los ingredientes para tratarse de un buen thriller, a pesar de que Mark Whalberg forme parte del reparto.

Mark Whalberg, ese hombre que ha demostrado tener más dotes como sindicalista que como actor. Al igual que a mí (y a diferencia de Michelle Williams), a él no parecía importarle que Spacey saliese en la película, ventaja que tomó para condicionar su permanencia en el elenco a una mordida salarial que no le correspondía. Las amenazas parecieron surtir el efecto deseado, pero tras el destape del USA Today, la presión del movimiento Time's Up y de personalidades del mundo del cine como Jessica Chastain (una de las primeras en hacerse eco de la noticia), Whalberg ha tomado de su propia medicina y le ha tocado donar ese kilo y medio precisamente al movimiento Time's Up. Lo más curioso de todo  es que ambos actores están representados por la misma agencia: William Morris Endeavor Enterntainment.

Más de uno apuntaba por ahí que si hay un actor que merece ser mileurista, ese era precisamente Mark Whalberg. Pero como se dedica a hacer blocksbusters de medio pelo como 'Transformers: El último caballero' (2017) o 'Día de patriotas' (2016), resulta que es uno de los mejores pagados de la industria, que como dijo Lauren Bacall: "Es una mierda".  Pero hablemos de cine, no del mercado. Por lo que respecta a uno y otro, Michelle Williams hizo llorar hace poco a más de uno (un servidor se incluye) con su interpretación en 'Manchester frente al mar' (2016),  y la otra cinta en la que apareció el año pasado, 'Certain Women', apenas exhibida en nuestro país, es un relato de historias cruzadas sobre mujeres trabajadores bello y desolador, otra gran demostración de buen cine de la directora indie Kelly Reichardt. Mientras que la única aparición significativa que recuerdo de Whalberg en un film de mi agrado (lamento que 'Infiltrados' (2006) me parezca una obra sobrevaloradísima donde Scorsese nos cuenta por enésima vez la misma historia ya gastada y artificiosa) es 'The Fighter' (2010); película de David O.Rusell en la que un protagonista Whalberg se queda sin protagonismo por culpa de dos magníficos secundarios:  un moscardón anoréxico aunque energético que no para de revolotear al rededor de la pantalla llamado Cristian Bale y una majestuosa Melissa Leo, de hecho, al salir del cine da la sensación que el director le ha dedicado demasiado tiempo al personaje equivocado. 

Ya la forma en la que cada uno llegó a ser estrella de cine dice mucho. Whalberg era un pijo gamberro con un cuerpo bonito que se dedicaba a rapear sin camiseta y a ganar pastizales como modelo de gayumbos. Diré más, hasta hace poco pensaba que Whalberg era de esos luchadores de la WWE reciclados al celudoide como Dave Bautista o Dwayne Johnson (perdonen mi ignorancia), quizás la culpa sea de David O. Rusell o quizás de su medio registro actoral: al menos The Rock tiene carisma. 
Williams se emancipó con quince años para poder alcanzar una meta: dedicarse a la actuación. Williams es de las que ha hecho más teatro que publicidad. 

Menos mal, que al final el dinero no lo es todo en este mundo. Y sinceramente espero que 'Todo el dinero del mundo' me fascine. Mientras esperamos, les dejo con este magnífico videoclip de Whalberg cuando se hacía llamar Marky Mark. E



Javier Haya

lunes, 22 de enero de 2018

'C'est la vie'. La previsible burguesía francesa

Olivier Nakache y Erik Toledano vuelven este viernes a las salas de nuestro país con otra comedia que se desliga de la problemática socio-racial de sus anteriores 'Intocable' (2011) y 'Samba' (2014) (sin olvidar los actores de raza negra, con una Eye Haidara cuya expresividad recuerda a Omar Sy, al que se echa de menos en esta cinta). Menos comedida que sus trabajos previos, la nueva obra de la pareja francesa trata de hacer reír a toda costa, de forma impaciente y desesperada, sólo al final, cuando se despega mínimamente del cliché, consigue reposar el frenesí.


Y es que el arranque, no sólo no consigue ser tan potente como el de 'Intocable' (para un servidor, lo mejor de aquel taquillazo francés), si no que la primera hora roza el tedio: todo son lugares comunes, planos y contraplanos de los que se sirven para grabar conversaciones estúpidas, chistes propios del peor José Mota, personajes trillados... Pero tras el discurso del ególatra Pierre (Benjamin Lavernhe), todo comienza a elevarse por algún misterio.


Todo sigue siendo sorprendentemente previsible. Los acontecimientos se ven llegar desde el otro lado de los Pirineos, pero poco importa, porque tras esa agitación de trapos convertidos en hélices el cariz de los acontecimientos se torna menos forzado, más liviano; una vez presentados los estereotipados protagonistas de esta boda accidentada estos se desenvuelven con más naturalidad, aunque siempre empujados a ese giro adivinado. El ejemplo más claro es el fotógrafo, interpretado por Jean-Paul Rouve, y que hasta el desenlace no hace sino de la versión francesa de Paquete en 'Vergüenza' (2017) (la similitud en actitudes grotescas e hiperbólicas es tal que me preguntó que guión fue escrito antes, porque la acusación de plagio es más clara que la de Juan Gómez-Jurado con 'La Peste' (2017), en cualquier caso, están estigmatizando el gremio), pero que luego adquiere unas formas más empáticas y reflexivas.



Es más, durante la última media hora se puede incluso disfrutar de algún plano bonito, como el gran general de Max (Jean-Pierre Bacri) sujetando una antorcha, la escena del globo cuyo montaje es dinámico, divertido y estético, o la ambientación de la penúltima secuencia, iluminada con velas y con una gran sorpresa musical. En ningún momento resulta hilarante la cinta, eso sí, es más digerible en el último tramo porque de hecho pierde las pretensiones de hacer reír por encima de todas las cosas.



Las actuaciones son más que decentes en todos los casos (Francia puede presumir de cantera de actores). Y uno de sus mayores aciertos es ya no sólo obviar el estereotipo del extranjero, sino mediante la visión de estos, sacar a relucir de forma sutil y amistosa la hipocresía y la superficialidad de la cultura francesa, extensible a todo occidente, con sus pelucas, sus sombreros de cowboys, su telefonía móvil y sus baladas italianas. A pesar del mal trago inicial, de problemas postizos y retruécanos argumentales, la película deja buen sabor de boca.

Lo mejor: La sonrisa de Roshan (), su incapacidad para mentir.

Lo peor: La primera hora de metraje y el chiste robado a 'Los Simpsons'.

Valoración: 6/10

Javier Haya

Tráiler



Mejor que: 'Ocho apellidos vascos' (2014)

Peor que: 'Tres bodas de más' (2013)

lunes, 18 de diciembre de 2017

'Muchos hijos, un mono y un castillo'. Julita y las croquetas de José Antonio Primo de Rivera

Algún componente místico debe existir entre los cineastas españoles y sus madres, alguna fuerza de atracción que los empuja a hacerlas partícipes de su obra. Ya Pedro Almodóvar, nuestro director más laureado, otorgaba pequeños papeles a su progenitora en películas como '¿Qué he hecho yo para merecer esto?' (1984), además de tratar continuamente relaciones materno-filiales como en la ya citada, 'Todo sobre mi madre' (1999) o 'Volver' (2005). Luego llegó Paco León, reconvertido en director para grabar dos largometrajes sobre la estrafalaria Carmina Barrios, catapultándola a una fama de cuña publicitaria y cultura subalterna. Y ahora, con la Navidad en las narices, estrena el actor Gustavo Salmerón un documental sobre los deseos de su madre Julita, una mujer que tiene el Belén montado hasta en julio, lo riega incluso.


¡Lo que hace una madre por sus hijos! Julia Salmerón afirma que a ella esto de la película no le hace mucha gracia. Pero se desenvuelve como pez en el agua narrando sus anécdotas, sus miedos y sus desvergüenzas. Tanto, que cuesta un poco creerla. Pero debemos hacerlo, porque Julita desborda autenticidad por los cuatro costados y sus michelines de sobra.

El documental, grabado con discreto material y escasísimos medios durante más de una década, tiene un arranque hilarante, pocas veces visto. Sin embargo, este comienzo de comedia huracanada despista a algunos de los asistentes, que se ríen durante la proyección hasta cuando no toca; el documental, como todas las obras, es una mezcla de géneros, y cuando Julita dice, por ejemplo, que de niña amortajó a un chico de su edad al pedírselo la madre de éste por su buen gusto, NO HAY que REÍRSE. El espectador debe involucrarse en la trama y entrenar su inteligencia emocional, quizás este sea un buen ejercicio para comenzar.


A diferencia de lo que da a entender la imagen superior, la película está grabada en 4:3, y hay imagen de sobra en ese formato para perfilar el carácter de cada uno de los seis hijos de Julita y su marido. Una familia cohesionada alrededor  de la figura de la madre. Tal y como avanzó Candela Peña a El Script también cuenta, el documental de su amigo Gustavo es idóneo para ir a verlo toda la familia. Y es que el personaje poliédrico de Julita, que se declara falangista, republicana y atea, y posee comportamientos propios de un Diógenes y algo de exhibicionista, seguro que recuerda a alguien de cada núcleo familiar español, y no solo ella sino que también nos podemos ver identificados, o identificar a los nuestros, en el resto de miembros de la familia. Además, el carácter ameno y distendido de la película la hacen fácilmente digerible.


En esencia, a pesar de estar narrado en clave de comedia, el documental es una reflexión sobre la muerte y el paso del tiempo, el primer pensamiento en voz alta de Julita trata sobre lo que le gustaría que hiciesen con su cuerpo una vez muriese. En cierto momento de la película, como si de una canción del Cheb Rubën se tratase, Julita hace un ensayo de su funeral con sus hijos y nietos. Y en más de un momento de la historia da a entender que aunque ya no cree en la vida después de la muerte, esta le libraría de más de una preocupación.

El documental posee un aura decadentista, del pasado en el castillo desvalijado y de presente en esa nave industrial, fárrago de objetos dejados atrás que termina también por ser desvalijado. De hecho, ciertos planos del castillo, de encuadre vacío de figuras humanas, recuerda a la comedia existencialista de Woody Allen traducida como 'La última noche de Boris Grushenko' (1975) cuyo título original era casualmente 'Love and death' (Amor y muerte), dos de los temas centrales de la trama si tenemos en cuenta el amor que Julita profesa por sus hijos, por su joven marido en la mesita de noche y por el recuerdo de José Antonio Primo de Rivera.


Otro de los puntos fuertes de la obra es la cohesión del relato, guionizado y estructurado por Beatriz Montañés junto a Gustavo Salmerón. El documental presenta una estructura cicular alrededor de las vértebras de la abuela de la protagonista: entre tanto, Julita escucha villancicos en un casette sin pilas, pone muelas de sus hijas en el café de grandes almacenes y reflexiona sobre su capacidad de dar cariño.

Más allá del valor intrínseco que posee, la campaña mediática que la envuelve: ha ganado el premio a mejor documental del Festival de Karlovy Vary y a la premiere en Callao asistieron personalidades del mundo del cine de la talla de Almodóvar, Emma Suárez o Elena Anaya, la confiere como favorita indiscutible para el Goya de este año.

Lo mejor: Julita Salmerón.
Lo peor: El ambiente enrarecido en la sala 2 de los cines Callao, y que nos quedamos sin tenedor quitasueños.

Valoración: 8/10

Traíler

Mejor que: La mayoría de documentales de este año.
Peor que: La también disparatada 'Amanece que no es poco' (1989).


lunes, 11 de diciembre de 2017

Molly's game, ¡que comience la partida!

Sin ser la intención de un servidor sonar despectivo, una forma eficaz de detectar una americanada es aquella en la que la película comienza ejemplificando el dolor del fracaso con casos deportivos y a la hora de citar al fútbol -debería decir soccer- se les ocurre mostrar a la selección estadounidense. Para colmo dejando fuera a Guatemala -ahí, metiendo el dedo en la llaga abierta por el imperialismo yankee- y haciendo gala una vez más del egocentrismo absoluto de una nación que sólo ve muros cuando traspasa sus fronteras.


El caso del fútbol es sólo un síntoma, como lo es el hecho de calificar a la obra 'El crisol', de un americano como lo fue Arthur Miller, como la mejor obra literaria del siglo XX. Las consecuencias son más graves: el sentimentalismo de la relación padre e hija que mantienen los personajes de Kevin Costner y Jessica Chastain, el implacable y rotundo discurso de Idris Elba frente al fiscal en la defensa de Molly, la constante voz en off tan propensa a mostrar mucho menos de lo que se dice y a presentar los personajes con palabras en lugar de con imágenes o hechos, el final edulcorado...

Sí, el primer largometraje de Alan Sorkin, uno de los guionistas más laureados de los últimos tiempos con obras como 'La red social'  (2010) o con series como 'El ala oeste de la Casa Blanca' (1999) o el culebrón disfrazado de drama periodístico llamado 'The Newsroom' (2012), es una americanada. Pero es una americanada muy entretenida. Los diálogos, como nos tiene acostumbrados Sorkin, son dinámicos y agudos; la narración es fresca, el relato va y viene del pasado al presente sin que nos dé tiempo a aburrirnos en ninguno de los dos tiempos. Sorkin marca bien los tempos -sin intención sonar redundantes- y recurre a la analepsis tal y como hiciera el padre del personaje tocayo de nuestra protagonista, James Joyce, aunque el 'Ulisses' no sea la más superlativa novela de su tiempo según Elba y Chastain, y a pesar de que el tocho del irlandés diste de ser tan trepidante como esta película -aunque esto lo supongo, no he leído a Joyce.


Perdónenme los que continúen leyendo si sueno un poco abstruso. No es mi intención. Quizás sea por no ponerlos en antecendentes. 'Molly's Game', que se podrá ver en salas españolas a partir del cinco de enero, trata el auge y declive de la reina del póker Molly Bloom. El personaje es real y, en mayor o menor medida, Sorkin escribe el guión en base al libro que la propia Molly escribió y que es citado en la película. Explayarme más en la historia sería perder el tiempo y destripar la trama.

Tampoco me corresponde determinar cuánto de verídico hay en la historia de Sorkin comparado con la vida -o al menos la novela- de Bloom, aunque parece ser que las intenciones de Molly no eran tan loables como las de Chastain en la película. Ya sabéis que la heroicidad es otro de los más importantes factores cinematográficos a la hora de hacer una película de ficción en los Estados Unidos. Lo que omite la película y resulta curioso es que en las glamurosas partidas de esta mujer jugaban actores de la talla de Leonardo DiCaprio, Ben Affleck o Tobey Maguire.


Y hablando de Maguire, al parecer el hombre araña era, o es, un ludópata en toda regla. En la película lo interpreta un dulzón Michael Cera, incapaz de impregnar de crueldad o irascibilidad la pantalla por mucho que diga "a mí no me gusta jugar al póker, a mí me gusta joder vidas". De hecho, resulta significativo que a Maguire lo interprete una de las pocas estrellas de Hollywood con un aspecto más pueril que él -sólo se me ocurre Jesse Eisenberg, que en la mitad de sus treinta sigue tan lampiño como Cera- porque es uno de los únicos dos personajes masculinos antagonistas con nacionalidad americana.

El resto son mafiosos rusos y un borracho irlandés que constantemente hace el ridículo frente a su amada Molly. En definitiva, otro factor clásico de las americanadas: convertir al extranjero en villano, y si es necesario que sea de nuestro gran país, al menos que aparente ser un niño y se comporte o hable como tal, de este modo sus faltas estarán justificadas. Eso sí, luego el mesías es de raza negra, para contrarrestar.


Otro comportamiento muy típico de los americanos es pensar ya no sólo que el mundo se limita a su país, sino que con ellos nació todo. Esta impresión que lleva el etnocentrismo a una dimensión temporal se refleja sobre todo en la generación millenial y el movimiento cultural indie, y se ve reflejado por ejemplo en la crítica de David Ehrlich en el IndieWire que cataloga la ópera prima de Sorkin como la primera gran película sobre póker -tiene la decencia de preceder este juicio de valor con el adjetivo discutible-; Henry Gondorff se retuerce allá dónde yazca.

(Hago un aparte para decir que no es este un caso aislado, salgan a la calle y pregunten a todos los modernitos que se saben discografía entera de grupos como Crystal Fighters o Vetusta Morla por el nombre de los componentes de The Beatles, o a los que se saben los diálogos de Wes Anderson  por su cineasta japonés clásico favorito)


Si en algo está en lo cierto Elrich es que la película gana enteros cuando la cámara enfoca la mesa de póker, todo lo que ello envuelve, y especialmente a Jessica Chastain, ideóloga y madre del enredo. Chastain está radiante, espléndida, gélida cuando solo tiene que ser fría, tierna cuando se le pedía que no fuese blanda. Pero eso no es noticia, y aún podría haber estado más pletórica si al guión no le sobrase tanto verbo, tanta voz machacona, tanta redundancia. También habría estado mejor Elba si su personaje fuese menos prepotente, defecto que no pega nada con el aura que se le quiere dar a Charlie Jaffey, de altruista y auténtico abogado de vocación

Aun así, la película se hace corta y entre medios da tiempo a soltar un par de carcajadas. Entretenimiento algo banal dadas mis pretensiones antes de entrar en la sala: esperaba ver un relato de corte más feminista que realzase las virtudes de una mujer en un mundo de lobos corruptos. A los lobos los veo, pero ella no es lo que se pueda llamar un ejemplo. Además, a la postre, el hecho de que el abogado y el juez sean quien salven los muebles poco dice a favor de una Molly ya pasada por agua a esas alturas. Me llevo, eso sí, el poder haber visto la película en la misma sala que toda una Jessica Chastain.

Lo mejor: Jessica Chastain.
Lo peor: La palabrería, el patriotismo y rematar con una frase de Winston Churchill.

Valoración: 5/10

Javier Haya

Tráiler


Mejor que: ¿'Resacón en las Vegas' (2009)?
Peor que: 'El golpe' (1973), deberían proyectarla en la redacción de IndieWire.


martes, 21 de noviembre de 2017

'Cuenta conmigo', los Goonies con otro tipo de monstruos

Porque entre Ben E. King y Loquillo me quedo con el primero, y porque de feo, fuerte y formal solo tengo un poco de lo último, a partir de ahora me referiré a la cinta de Rob Reiner con su título original: 'Stand by me' (1986). Aunque bien podría titularse 'Los Goonies 2' si no fuese por la norma no escrita de que las segundas partes siempre son peores.


Los puntos en común entre una y otra cinta no son nada desdeñables. Para empezar, la premisa es la misma: un grupo de amigos pre-adolescentes en busca de un objetivo delimitado, un tesoro en el caso de 'Los Goonies' (1985) que se convierte en el cadáver de un compañero en el relato de Evans y Guideon, guionistas de la película que parten una vez más de una novela de Stephen King. También se sostiene la tesis de que cuantos más años tienes, más indeseable (e incluso estúpido) te vuelves. Y por supuesto, mantiene los niveles de cursilería y sensiblería bastante altos. E incluso repite en el reparto el malcarado e insolente Corey Feldman.


Ahora bien, hay que reconocerle a 'Stand by me' una banda sonora fantásticamente escogida que te sumerge en ese verano americano que los niños de ciudad nunca vivimos: tórrido, brillante e imaginativo con canciones que van desde el 'Everyday' de Buddy Holly al 'Yaketi Yak' de The Costers pasando por el clásico 'Lollipop' de Chordettes. Y porque el escenario es mucho más dado a evocar la nostalgia de esos estíos de mediodías demasiado calurosos, de noches a la fresca, de aventuras a media tarde y pasatiempos que ahora nos resultarían cavernícolas por la ausencia de teléfonos móviles. Con colores ligeramente satinados que imprimen la sensación de que el tiempo ha pasado.

Y sí, da igual que no hayamos pisado nunca territorio yankee, o que no hayamos veraneado jamás en un pueblo o una aldea. A pesar de ser cursi, 'Stand by me' evoca a recuerdos lejanos, y los trae con fuerza, como una ráfaga de viento con olor a hierbabuena.


En los personajes del maldito Wil Wheaton (cualquiera lo reconocería si solo lo ha visto como archienemigo de Sheldon Cooper), del desaparecido River Phoenix (irónicamente bromea sobre la más que posible prematura muerte del personaje de Feldman), de Jerry O'Conell y del propio Feldman cualquiera es capaz de sacar parecidos con ese niño de nuestra antigua pandilla, con nosotros mismos o con otros nanos de los que deambulaban por el patio. La película es entrañable, en parte también por las tremendas interpretaciones de estos mocosos, dirigidos con mucha mano por Reiner, y porque sus papeles se ajustaban considerablemente a su forma de ser.


Igual de consistente está Kiefer Sutherland en el papel de villano, a pesar de que el prota de '24' (2001) está más alejado del comportamiento de su personaje. Su timidez se convierte aquí en una fanfarronería que roza la psicopatía, como si se transformase en Xavi Daura  de los Vengamonjas (el parecido no pasa por alto).

Lo que sí que sobra absolutamente es la trama de Wheaton con su hermano mayor John Cusack. Presentada de una manera tan exagerada que resulta del todo increíble, y la pena que en un principio podía dar, queda en mísero patetismo.


La balanza de lo negativo y lo positivo estaría bastante equilibrada. El pastelón en el que en muchos momentos se convierte la película no empalaga, en todo momento la cinta es entretenida y dinámica. Por ejemplo, las frases finales del escritor (directamente vomitivas) son contrarrestadas por la magnífica conversación que tienen alrededor del fuego como si de 'Aquellos maravillosos 70' se tratase. Da la sensación de que el envoltorio del producto sea una completa ñoñería, pero por dentro tiene joyas que descubrir.

La película está destinada a tocar la fibra sensible y, aunque dé rabia, lo consigue.

Lo mejor: La dirección de actores de Rob Reiner y la complicidad de los cuatro protagonistas.
Lo peor: La ñoñería.

Valoración: 5/10

Javier Haya

Tráiler


Mejor que: 'Los Goonies'.
Peor que: El capítulo de 'Los Simpsons' que homenajean a la película.
 
 
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