Joaquin Phoenix ('En realidad, nunca estuviste aquí', 2017) y John C. Reilly protagonizan un western tan apasionante como cautivador. El director francés Jacques Audiard ('Un Profeta', 2009) reaviva el mítico género y encuentra la fórmula en sus personajes.
Para aquellos como yo que no vivieron la época dorada del western, de los John Ford, Los Howard Hawks o Sergio Leone, queda muy lejos de tan siquiera una acertada percepción del por qué aquellos vaqueros y esos disparos pudieran entusiasmar tanto al público. Ahora, lo que nos llega de vez en cuando a los millenials son los considerados homenajes, algunos cuestionados como el excesivo Tarantino, y otros apasionados del histórico género como los Coen o, en este caso, Jacques Audiard.
El director francés adapta la novela de Patrick Dewitt, 'Los hermanos Sisters', con ayuda del también guionista y fan de los westerns Thomas Bidegain. Ambos no solo consiguen una ambientación perfecta del Oeste (la mayoría rodada en España) y los viajes hacia la gran ciudad, de Oregon a San Francisco, si no que construyen la historia de estos hermanos devastadores con un guion maravilloso y una precisión asombrosa en los diálogos y en escenas con una carga inmensa de significado.
Al igual que su singular título, la primera hora de esta película sugiere una aventura extraña y de contrastes. Además de las diferencias casi espirituales (al menos en cuanto a ambiciones) de estos “hermanos Hermanas” nos encontramos con dos secundarios peculiares e interesantes.A los personajes que interpretan Jake Gyllenhaal y Riz Ahmed no los intuyes ni un poco, y eso eleva a la curiosa cinta de más imprevisible si se puede.
En gran parte del visionado incluso me interesa mucho más la historia de los buscadores de oro que la de los asesinos, quizás un poco más triviales y presumibles en sus acciones de típicos cazarrecompensas. Pero Audiard dota de sentido el inminente encuentro entre los Sisters y sus objetivos, y aún más a las posibles consecuencias de esas discusiones sobre la vida en el salvaje Oeste. Es una maravilla ver la mutación y el re-reajuste del hermano interpretado por C. Reilly y su metanarración con un cepillo de dientes, con sus caballos o con la muerte de su padre, como ejemplos.
El buen western nunca muere, y 'Los hermanos Sisters' lo femuestra con creces. No hacen falta duelos, polvo y sangre para disfrutar de una película de temibles forajidos, tan solo unos personajes con ideas y trastornos. Una simbiosis que funciona en el siglo XIX, pero también en nuestros días. Audiard trabaja con el alma para llegar a ella, y el público se ve reflejado, sufre y lo agradece.
Lo mejor: Los personajes, la ambientación y el reparto. Un western único.
Dentro de poco finaliza el año, y seguro que muchos ya tienen su top diez de películas estrenadas en 2018, pero todavía queda todo un mes por delante y parece que Netflix está dispuesto a irrumpir en nuestras listas. Por un lado tenemos 'Roma', de Alfonso Cuarón, que Netflix estrenará en España el 7 de diciembre. Y por otra parte, el pasado 16 de noviembre la plataforma de streaming estrenó 'La Balada de Buster Scruggs',de Joel y Ethan Coen. Una película que, sin duda, para muchos será uno de los estrenos del año.
Joel y Ethan Coel ('Fargo', 1996) se caracterizan, entre otras muchas cosas, por su particular humor. Han sabido labrarse un estilo que ha sido valorado por gran parte de los espectadores, aunque no estaban en su mejor momento. Su última película, 'Hail Caesar!',estrenada en 2016, fue un enorme fracaso, pero lo cierto es que han sabido resurgir de sus propias cenizas.
'La Balada de Buster Scruggs' reúne todos aquellos ingredientes que parecían haber olvidado. Una narración esperpéntica, personajes caricaturizados y humor negro al más puro estilo Tarantino, ya que violencia y humor irán de la mano en cada una de las seis historias que nos cuentan los hermanos Coen.
Posiblemente uno de los aspectos más negativos de la película es la irregularidad que se aprecia a nivel de las historias. Pese a que cada una de ellas es completamente distinta a la anterior, no todos los relatos consiguen estar al mismo nivel. No obstante, el hecho de que cada historia trate un tema diferente y posea un estilo propio es algo que aporta mucho al metraje. Si bien es cierto que entre ellas hay muchas diferencias, todas tienen un mismo objetivo: mostrar la dureza con la que se vivía en el Viejo Oeste, con el elemento de la violencia como recurso para todo.
La crueldad del western pero con una fotografía muy cuidada, destacando las introducciones de las historias y las presentaciones de los personajes. Los hermanos Coen se atreven con todo, desde romper la cuarta pared en el primer relato hasta la introducción de animales en CGI.
Por si todo esto no fuera suficiente para incorporarla a tu lista de mejores estrenos de 2018, la banda sonora no solo está muy bien integrada, sino que aporta momentos musicales realmente divertidos y con un estilo que recuerda mucho a una de las mejores películas de los hermanos, 'O Brother Where Art Thou?',que se estrenó en el año2000.
Los directores confesaron que algunas de las historias que se pueden ver en la película llevaban guardadas en los cajones desde sus inicios, algo que sin duda nos deja claro que sus cánones de humor y de estilo siguen manteniéndose iguales.
¿Han vuelto los hermanos Coen a su mejor versión? ¿Le habéis hecho hueco a 'La Balda de Buster Scruggs' en vuestras listas? Sin duda, para el que sí que ha sido una de las películas del año es J.A. Bayona ('Un monstruo viene a verme', 2016 - 'Jurassic World: El reino caído', 2018) que ha mostrado su admiración por la cinta a través de las redes sociales.
Sea o no de las mejores películas del año, lo que está claro es que todos van a poder encontrar algo interesante en 'La Balada de Buster Scruggs'. Un proyecto que en principio iba a ser una serie para Netflix y que ha acabado convirtiéndose en una película creativa y original.
Lo mejor: La marca Coen está presente.
Lo peor: La irregularidad de nivel entre los relatos.
Desconoczo el motivo por el cual la miniserie 'The Son' producida por AMC -la misma que 'Breaking Bad' (2008) y 'Mad Men' (2007)- lleva este nombre por título. Quizás porque este western de diez capítulos que relata como se construyo la América de principios de S.XX mantiene similitudes con la América de principios de S.XXI. Si Donald Trump escribió el libro 'El arte de negociar' , el novelista Philipp Meyer ha escrito la novela, en que se cimienta 'The Son', sobre como el ser humano se corrompe por el poder. Un western de masacres contra indios nativos y mejicanos en el Texas que Trump vería como referente.
Un western moderno -no van a caballo sino en coche y se busca el petróleo y no oro- que expone el ascenso al poder de Eli McCullough (Pierce Brosnan), patriarca de una de las familias más ricas de Texas que primero convivió con los indios comanches, verdugos de su familia. Y es a partir de estos dos hechos que se desarrolla la historia durante los diez capítulos que dan vida a 'The Son'. La serie parte con la intención de contar como el joven y de espíritu inocente, Eli McCullough, se convierte en un adulto terrateniente sin escrúpulos movido por el poder, intención que no se logra del todo debido al evidente elipses con el que parte la serie. La construcción de las dos historias paralelas es un gran acierto pero carece del nexo que las una. Se pretende plasmar como el joven McCullough, que rodeado de indios comanches muestra su cara más humana, simpática e inocente, se convierte en el adulto McCollough que lidera a colonos americanos que se visten para mancharse de sangre a base de pistolas listas para disparar, de un plumazo. Pero faltan argumentos para mostrar ese cambio de actitud. 'The Son' se centra más en la ascensión al poder de McCullough y en como ya esta podrida su ética y su moral y no en el porque se adopta esta actitud despiadada por primera vez. Una cuestión que puede etiquetar a 'The Son' de pretenciosa al querer ser una propuesta introspectiva sobre los limites morales del ser humano sin acabar de ahondar en ellos, mostrando solo el resultado final y no el germen de la malicia. Se puede entender que esa semilla radica en la comunidad que rodea al personaje, pero son suposiciones que discurren en el espectador. Demasiado abierto a suposiciones siendo este tema el objeto principal de la serie.
A nivel de tramas la serie se desenvuelve con soltura consiguiendo no perder el interés. Destaca sobretodo la trama del joven McCullough relacionándose con los comanches, una trama que sin llegar a ser considerada costumbrista, se asemeja, y muestra la cultura del pueblo comanche. Más allá de su intención de mostrar los hábitos de los indios se plantea una nueva visión alejada de la del colono. Donde el 'enemigo' no es el indio sino el colono americano que se adueña de las tierras. Una trama combinada con la de McCullough adulto en que se cambian los roles ya que, al igual que en la América de Trump, el enemigo es el individuo mejicano al que hay que echarle de las tierras. Siendo esta la trama contra los mejicanos, en la que Pierce Brosnan es el gran protagonista, ya que lidera como patriarca de los McCullough el ataque contra mejicanos por codicia y poder. Y el problema no radica en que Brosnan participe en la serie sino que el desarrollo de los personajes solo sea visible en él y en su hijo. Eli McCullough y su hijo menor son los únicos personajes, por los que los guionistas han tenido cura de hacer visible un desarrollo emocional, pero como se ha comentado anteriormente sin lograr satisfacer la premisa de la serie. Un error que se paga caro, ya que un estupendo Carlos Bardem se presenta desaprovechado al concluir la serie.
'The Son' nunca sera considerada una gran serie, solamente se pude definir como interesante y entretenida lo que no le quita valor. Quizás destaca más por su idiosincrasia histórica que no por su condición artística. Su único error es pretender narrar motivaciones morales y humanas que no acaban de concretarse de forma concreta.
Lo mejor: Que en ningún momento te llegas a aburrir.
Lo peor: Que no queda claro el porque de ese cambio en el protagonista.
Cuando John Ford se puso detras de la cámara para liquidar con 'Centauros del desierto'(1956) y 'El hombre que mató a Liberty Valance'(1962) los films estereotipados de cowboys e indios, lo hizo con una estrella de sheriff en la camisa. Expulsó al agotado cine del oeste de Hollywood; el borracho del pueblo que como género no se rehabilitó. El western moderno no es una invención de Ford, ni tampoco del director George Miller, porque Miller, a diferencia de John Ford, tiene poco de autor. Es eficaz, se desarrolla con presteza y son prueba: la saga 'Mad Max', 'Babe el cerdito en la ciudad' (1998) y 'Happy Feet' (2006). Cine, en definitiva, comercial, pero que lo avaló para inaugurar con 'Mad Max: Furia en la carretera' el Festival de Cannes de 2015. La excitación por ver a Tom Hardy y Charlize Theron -protagonistas del film- pisando el acelerador en un western moderno de frenética persecución, hizo que el director australiano y los críticos se pasaran de frenada, aplaudiendo una obra comercial que inauguraba un festival por excelencia de autor.
'Mad Max: Furia en la carretera' parte del anuncio del director George Miller de presentar una revisión de la saga y no un remake. Vehicular una obra, que comparte el mismo eje que las anteriores, pero que a la vez utiliza como herramienta para distanciarnos. Mantiene el diseño de un mundo apocalíptico para incidir en la crisis ecológica. Recuerda al Nolan de 'Interstellar' (2014): nos relata en voz en off, mediante fragmentos de telenoticias, la devastación que ha sufrido la Tierra; un conflicto que se explica de forma rápida, ya que Miller entiende que es innecesario alargar la introducción, y nos sitúa como espectadores en un contexto desértico. Acelera, acertadamente, la introducción, porque al cabo de pocos minutos ya vemos al protagonista Max Rockatansky -Tom Hardy- perseguido por una tribu violenta, de estética punk, que galopa por las llanuras del oeste en coches armados y de gran potencia. Un conjunto de elementos que la identifican como un film de acción trepidante con una sociedad distópica y vehemente, es decir, la saga Mad Max protagonizada por Mel Gibson. La revisión recae en la forma, no en el contenido, porque éste se limita a una frenética persecución entre buenos y malos, entre indios nativos y cowboys con aire de protesta urbana y futurista.
Si el contenido no sufre ninguna revisión, seguramente, es porque se le aplica una regresión: los diálogos son mínimos y breves. Un hecho que inicialmente no se puede entender como un aspecto negativo, ya que puede ser un elemento que dote a la película de una coherencia narrativa. Y sí, Miller consigue inicialmente hablar con los motores de los coches, con las miradas y los gestos de los protagonistas sin molestar al espectador. Es coherente porque se desarrolla la acción en un contexto primitivo; una retrospección hacia el hombre salvaje y primario. Una idea que permite hacer del diálogo un decorado minimalista que funcione durante una parte de la película, ¡una parte! Porque si las imágenes muestran una evolución, las palabras tienen que acompañarla si no se quiere romper la coherencia del guión. Al final, deja la sensación de que se contempla un conjunto de imágenes trepidantes, pero vacías.
Y es por lo que desprenden las imágenes por lo que la obra se aguanta durante las dos horas, únicamente por el ritmo visual. Es en este punto donde destaca George Miller y donde se plasma un cierto atrevimiento. 'Mad Max: Furia en la carretera' es el resultado de un gigantesco trabajo en la forma y en el tono: montaje, música y estética. Una evidencia que se plasmó en seis de los Oscar que se llevó, todos ellos en el apartado más técnico. Unmontaje magníficamente troceado que impregna de ritmo el film, que se vuelve aún más vertiginoso con la música heavy que dota de poder cada una de las escenas -la fuerza de la escena del punky con la guitarra eléctrica traspasa la pantalla-. El uso mínimo del plano general y la apuesta reiterada por planos cerrados y de curta duración contribuyen a generar una coreografía que no se para, que reposa de forma breve en el momento oportuno. Acierta convenientemente, porque se anticipa al hecho que el espectador sufra una sobredosis de adrenalina y caiga rendido por la saturación de acción. La estética está delicadamente cuidada, tanto en la imagen como en la vestimenta; se consigue representar la atmósfera que se desea. Formalmente es magnífica, excepto en los flashbacks que se le aparecen a Max Rockatansky durante el film y que no hacen más que romper la atmósfera, son más propios del universo telefilm. Ayudan a entender la personalidad de Rockatansky, sí, pero son innecesarios al ser una idea redundante: ya se denota por su personalidad solitaria y por la voz en off inicial.
Dentro de este estética violenta, destaca la apuesta del director por el mensaje feminista...que fracasa estrepitosamente. La obra empieza siendo fiel a la idea: diferencia el rol de protagonista del de héroe. El protagonista es Tom Hardy, al encarnar a Max Rockatansky, pero el rol de héroe no existe como tal, sino que existe el de la heroína. Charlize Theron representa a una mujer rapada, sin brazo, que, bajo el nada casual nombre de Imperator Furiosa, lucha contra un malvado después de haberle robado su tesoro más preciado. Un malvado que no atemoriza sino que recuerda a un profeta que, con falsas promesas sobre la vida y la muerte, se gana el favor del pueblo. La presentación feminista de Theron se aplaude, porque denota el atrevimiento de Miller. Rompe con la masculinidad de la saga y con cierto convencionalismo de la industria Hollywood. Pero no es tan idílico como pretende el film, ya que se destroza la intención. En uno de los primeros planos donde aparecen unas mujeres juntas, el film, muestra cuatro modelos de Victoria Secret con una manguera en la mano, mientras se mojan sus cuerpos tapados con una ropa minúscula. ¿Cómo se pretende defender una propuesta feminista, si la misma obra es quien perpetua aquello que se critica? ¿Aspira como film de acción comercial trascender a defensora de los derechos de las mujeres con cuatro modelos y ser catalogada de crítica religiosa solo con el antagonista? Pretenciosa y engañosa.
Debajo de una estética que roza la excelencia y un ritmo trepidante se consigue entretener al espectador más comercial. Sin ser nada de autor, ni rompedor tiene como gran éxito haber inaugurado Cannes. Quizás John Ford se quedo corto enterrando, solo, el western convencional.
Se aburrió a sí mismo el cine de vaqueros e indios, de relatar esas historias de vaqueros buenos e indios malos que debían morir. De sheriffs con estrella sobre la camisa que cabalgan impartiendo justicia por la llanura mientras se fuman su tabaco rubio de liar. Se asistía en las salas de cine a tiroteos entrecivilizados y salvajes, que desangraban el 'western' lentamente, hasta que John Ford lo enterró con la elegancia de una derrota prevista.
El director John Ford proyectó en 'Centauros del desierto' (1956) la ceremonia de entierro del cine clásico del oeste. Lo sepultó con 'El hombre que mató a Liberty Valance' en 1962, sin agonías. Descubre Ford la derrota del Oeste salvaje y posterior a la Guerra de Secesión con el personaje de EthanEdward -John Wayne-. Ethan refleja la derrota de los confederados como la ideología racista y el desprecio a la modernidad en contraposición al pasado, ilustrado en su sable inútil en tiempos de rifles y pistolas. Un hombre, Ethan, al que Wayne le confiere presencia en la pantalla y esa obligación de vivir por y para el odio contra aquellos que no siguen sus dictámenes. Tras la derrota en la guerra civil americana, Ford le brinda una nueva oportunidad al personaje de Ethan para vivir: el asesinato de su hermano y la familia de éste y el posible rapto de su sobrina pequeña. Un hombre odioso y obsesivo que habita en la soledad y que solo encuentra compañía cuándo emprende la misión de rescate. Ilustra Wayne, en el personaje de Ethan, la muerte del cine de vaqueros e indios, el declive previo a la modernidad.
Acompaña al personaje de Wayne una historia cuidadosamente bien hilada por Ford. Decide emprender un viaje por el salvaje Texas, repleto de tribus indias. Inicia el rito ceremonioso de un entierro con la desmitificación del heroísmo de esos justicieros sin estrella. Conjura la estrategia propia de los westerns partiendo del antagonismo de 'cowboys' e indios, con la diferencia de introducir una alma errante, perdida y despreciable como la de Ethan. El protagonista rompe con la división entre buenos y malos, pues el encarna las dos caras del ser humano. Monopoliza Wayne todos los sentimientos humanos, dejando su personaje pocos resquicios de expresión a los demás. El amor y el cariño por proteger a los suyos, como también la soledad que le sobrevuela al imponer sus creencias discriminatorias y su sed de violencia desmesurada. Ford desmitifica el héroe del oeste con la imagen de la derrota física y espiritual de Ethan, un 'hijo de puta' sin camino que recorrer.
Ford consigue construir un film que muestra la cara amarga del 'western', el fracaso en la cara de sus personajes y el fin de una época de balas contra flechas.Una historia circular en sus magníficos planos de obertura y cierre que cogen forma en esa puerta que se abre y cierra dando sentido a la vida de Ethan. 'Centauros del desierto' representa el primer paso, la primera piedra, para terminar con el heroísmo y la segmentación entre buenos y malos del clasicismo del oeste.
Lo mejor: la forma en que se desmitifica el 'western'
Sinopsis:
Ethan Edwards es un hombre que regresa derrotado, tras luchar en el bando de los confederados en la Guerra Civil Americana,al hogar de su hermano. Ethan emprenderá un viaje por las tierras salvajes de Texas para vengar la muerte de la familia de su hermano y rescatar a su sobrina, que está en manos de los comanches.